Noticias De Bariloche

Somos lo que recordamos

Moises (Shutterstock)
Moises (Shutterstock)

Dijo Abraham Lincoln: “Yo no sé quién fue mi abuelo. Me importa mucho más quién será su nieto”.

¿Quién soy? ¿Para qué estoy acá? Son preguntas que exigen una predisposición íntima a la búsqueda. Quizá sean preguntas que intentamos esquivar, ignorar o demorar. Sin embargo, la exploración acerca de la propia identidad es una demanda que en algún momento de nuestra vida se hace inevitable.

Ante la pregunta acerca de quiénes somos, resulta necesario saber dónde indagar. Si pensamos que tiene que ver con el lugar en el que nacimos, o en el que nos criamos, sólo estaremos respondiendo al “¿de dónde somos?”. Si creemos que la respuesta está en nuestra formación, lo que estudiamos, aquello a lo que nos dedicamos o en el trabajo, sólo estaremos respondiendo a “¿qué soy?”, pero no al “¿quién soy?”. La ciencia puede explicarnos el “¿cómo?” de muchas cosas pero no el “¿por qué?”. La tecnología nos puede dar poder, pero no el poder de saber quiénes somos.

El lugar que ocupan los padres y la familia son claramente importantes en esa búsqueda, pero no excluyentes. El mismo Lincoln plantea que más allá de saber o conocer a nuestro abuelo, inevitablemente debemos conocer a su nieto. El concepto de familia va mucho más allá de lo biológico o lo genético. La dimensión de la identidad va mucho más allá de lo étnico.

Tal como dice el Rabino Sacks: “La identidad tiene que ver con aquellas cosas que recordamos”. Cosas que empezaron siendo recordadas por nuestros padres, y su recuerdo sembrado como una huella mnémica en nosotros, para que nosotros también lo recordemos. La identidad individual tiene que ver con la memoria privada, mientras que la memoria colectiva define la identidad colectiva.

En el final de sus días, encontramos a un Moisés obsesionado con el futuro. Ahora que ya pasaron los años difíciles del desierto, después de haber enfrentado a faraones y reyes, a punto de ver el sueño de alcanzar la Tierra Prometida, más que satisfecho se lo escucha preocupado. Su miedo es el olvido. Descubre que el verdadero desafío, más que la esclavitud es la libertad, más que la pobreza es la riqueza, y más que no tener nada en las manos esperando la promesa, es tenerlo todo en las manos. Su angustia es la del que descubre que cuando se alcanza el objetivo, entonces, se olvida cómo comenzó todo. Desaparece la búsqueda del sentido, del para qué, de saber de quiénes éramos nietos.

Moisés propone un ritual que ha llegado hasta nuestros días, 3300 años después. Una declaración que debía decir todo aquél que llegaba con la ofrenda que le correspondía traer de sus cosechas. Ese mismo texto conocido como “Arami oved avi”, lo seguimos recitando en cada Fiesta de Pesaj (Pascuas Judías). Lejos de decir que lo que tiene en sus manos es el fruto de su esfuerzo, de su trabajo, de su dedicación, su capacidad, su inteligencia para los negocios, su gratitud o su generosidad, la persona debía relatar la historia de sus antepasados. Relatar en primera persona la pobreza y la esclavitud en Egipto, el milagro de la liberación, los años duros de vagar en desiertos interminables, el sueño de la tierra propia. El fruto que tenía en sus manos hablaba no de qué, de dónde, o de cómo había logrado su fortuna, sino acerca de quién era. El fruto no soy sólo yo, sino el reflejo que tengo de mí en el pasado. La huella del recuerdo. Lo que tenemos es en verdad lo que somos. Y lo que ofrendamos habla de quienes somos.

¿Quiénes somos? Somos un mundo de historias, de padres, de abuelos y de generaciones que soñaron con que lleguemos hasta acá. Más allá de haber conocido a nuestro abuelo, es nuestro deber bucear y saber quién es su nieto.

Yo no viví en aquel Egipto, pero me pasó a mí. Yo soy mis recuerdos. Yo soy esa huella que quedó dentro mío. Y lo que vengo a ofrendar no tiene que ver con lo que tengo ni con el contexto, ni con lo que puedo o no puedo, ni con una obligación, ni con ser una persona justa. Lo doy porque estoy respondiendo al “¿quién soy?”. Lo que doy tiene que ver con quién soy en mis recuerdos. Mi ofrenda es saber de dónde vengo, del pasado doloroso de mis pasados, porque también me vi en necesidad. Al dar, entonces, nos vemos a nosotros mismos recibiendo esa ofrenda.

Dijo Abraham Ioshua Heschel: “La espiritualidad y la religión son la respuesta a las grandes preguntas. El problema es que nos hemos olvidado cuáles eran las preguntas”.

Las grandes preguntas, generalmente no suelen aparecer en la sonrisa. En momentos de bienestar estamos embelesados con ese presente. No necesitamos preguntarnos quiénes somos, o cuál es el sentido de la vida. Estas preguntas suelen surgir en el momento de la lágrima, cuando estalla la crisis, cuando un ser querido enferma, cuando hay una separación, un quiebre, o frente al final de la vida.

El mismo reflejo de nosotros mismos que sucede en la ofrenda, aparece en la lágrima que acompaña. Cuando alguien querido enferma, cuando alguien que amamos parte, en ese momento no sólo duele el dolor por ese ser, sino también duele, inconscientemente, descubrir nuestra propia finitud. Vivimos toda la vida pensando que justo eso que sabemos que va a pasar, nunca va a pasar. Y cuando sucede, nos paralizamos en la pregunta del por qué. Mientras que en algún lugar, era la única respuesta que en verdad teníamos. En el descubrimiento del propio final aparece la necesidad de preguntarnos quiénes somos o quiénes fuimos, y qué debiéramos hacer a partir de ahora.

En las Altas Fiestas del Judaísmo, Rosh Hashaná, el Año Nuevo que ya se avecina, le hacemos una pregunta a Dios: si acaso nos dará otro año de vida. Y Dios no afirma ni niega. Dios responde con otra pregunta: “¿Qué hiciste con el último año que te di?”.

En el final del año, nos enfrentamos a nuestra finitud humana: ¿Qué harías si éste fuese el último año de tu vida? ¿Qué te preguntarías acerca de cómo estás invirtiendo tu tiempo? ¿Cuántas reuniones, problemas, situaciones o personas dejarías a un lado de la ruta? ¿Cuántas discusiones, peleas, enojos, estrés, le dedicás a cosas que un par de semanas después ni siquiera recordás? ¿Con qué persona volverías a encontrarte, porque no te podés ir sin volver a tener esa charla, esa conversación? ¿A quién llamarías para pedirle perdón? ¿A quién para felicitarlo, a quién para agradecerle? ¿A quién para decirle cuánto lo amas?

Las Altas Fiestas son la celebración de las grandes preguntas. Si esperamos al momento de la crisis, al momento en donde la vida te da ese golpe inesperado en donde seguramente aparecerán esas preguntas, debemos saber que en medio del enojo, de la bronca, la angustia, o la depresión, quizá no respondamos de la manera más adecuada a cómo encarar la vida a partir de ese instante. Este tiempo de balance nos llama a la renovación, a la búsqueda desde el equilibrio, al retorno a nosotros mismos, al saber el origen, y al rediseño de nuestros sueños. Tiempos también en que recordamos la esencia, los mensajes y los valores de aquellos que amamos y ya no están. Entonces interpelarnos: ¿qué van a recordar de mí? ¿Acaso algo de lo que hice esta semana o este mes? ¿Acaso alguna de las ofrendas que hice para cambiar al mundo?

Porque somos los recuerdos que tenemos y los recuerdos que dejamos. No es dónde nací, ni dónde crecí, ni dónde estudié, ni de qué trabajo, sino los recuerdos que tengo grabados en el corazón sabiendo de dónde vengo y los recuerdos que quiero dejar, si acaso sé adónde quiero ir.

Abraham Lincoln dijo alguna vez: “Al final lo que importa no son los años de vida, sino la vida de los años”. No importa cuántos años de vida sean, sino si acaso pudimos imprimirle vida verdadera, vida con sentido, esa vida que deja mensaje, que deja huella. Vida de búsqueda, de grandes preguntas, y de sabias respuestas. Asumirnos responsables de nuestra identidad, de nuestras huellas de recuerdo, de nuestro legado, y de nuestra herencia. Empezar a trabajar, a ofrendar y a invertir mejor nuestro tiempo, de modo de dejar nuestra huella. Ser parte de la respuesta del ¿quién soy? de aquellos que se lo pregunten mañana. Y entonces hacernos trascendencia.

El Rab Ale Avruj es Rabino de la Comunidad Amijai,
y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.

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