Noticias De Bariloche

Sobre la democracia y la felicidad del pueblo

(Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)
(Foto: REUTERS/Agustin Marcarian)

Hay cierta idea de democracia que en años electorales retorna como un reflejo cuando el rumbo de los acontecimientos se aleja de lo deseado. Definir lo deseado resulta irrelevante dado que su operatoria es idéntica en todo el espectro ideológico: la democracia ha de ser el medio a través del cual se alcance la felicidad del pueblo. Si ello no ocurre, no hay democracia. Poco importa si la felicidad del pueblo consiste en la socialización de los medios de producción o en la igualdad de oportunidades para que cada individuo llegue hasta donde pueda según su talento y esfuerzo. Lo decisivo es que en cualquier caso se devalúa la democracia existente en función de una democracia postulada como verdadera.

Sin embargo, la felicidad de un pueblo que vive en democracia no depende de la democracia. Y esto es así por más que en su ausencia ni siquiera pueda aspirarse a nada semejante. La democracia no es un sistema ideal. Mucho menos perfecto o infalible. Se trata apenas de un modo de organización política mediante el cual los ciudadanos de sociedades masivas toman decisiones con fuerza vinculante. No hay ninguna garantía de que tales decisiones sean provechosas para la vida en común, ni para la grandeza de la patria, ni siquiera para la mayoría de los votantes. Si el sistema funciona adecuadamente, lo único que garantiza es que el peso de las decisiones recaiga sobre quienes las han tomado. Nada más.

Tampoco nada menos. Porque suele denominarse “libres”, precisamente, a los pueblos que toman las decisiones que encauzan su destino. Ser libre no implica ser feliz. Ni en la vida pública ni en la privada. Desde Adán y Eva abundan los ejemplos de decisiones tomadas en libertad cuyas consecuencias hunden a los sujetos en auténticas pesadillas. Pero el punto es que sin libertad no hay felicidad propiamente humana.

Hace 200 años, el General San Martín arengaba a su tropa del Ejército de los Andes: “Si no tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos han de faltar; cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con las bayetitas que nos trabajan nuestras mujeres y si no, andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios. Seamos libres y lo demás no importa nada. La muerte es mejor que ser esclavos de los maturrangos. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje”.

La cita es bien conocida. Pero vale la pena recordarla cuando los paladines de la república avalan un plan económico de sometimiento sin precedentes en tiempos de paz e institucionalidad. Un plan tan irresponsable que por primera vez en la historia un gobierno se ve obligado a incumplir con los compromisos que él mismo contrajo. No hay libertad sin riesgo; como tampoco hay república sin libertad. Y el único camino para corregir las decisiones es haciéndose cargo de ellas. Porque aquellos que no se responsabilizan de sus acciones están condenados a repetir sus fracasos. De ahí que quienes se proponen como voceros de dispositivos infalibles o quienes hacen descansar la salud de la república en sus propias opciones políticas, justamente por eso, no son los mejores exponentes de prácticas democráticas ni republicanas. Su desprecio por lo existente degrada la democracia a burda caricatura. Y por una caricatura no tiene sentido pelear.

Por el contrario, valorar la democracia supone asumir el peso de las decisiones colectivas, ponderarlas y discernir con actitud crítica lo que pueda haber de valioso allí. Esto siempre conlleva algún costo. En sociedades complejas es tal multiplicidad de intereses que la mera convivencia implica ya la disposición a negociar con lo real. De toda negociación uno puede salir mal parado. Pero renunciar a decidir es resignarse a no ser feliz. Sin libertad sólo cabe esperar, en el mejor de los casos, el mórbido placer en que retozan las bestias.

El autor es doctor en filosofía especializado en filosofía del derecho y teoría política

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