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Se necesitaron 600 mulas y 12 yuntas de bueyes para traer el primer barco importante al Nahuel Huapi

Para que el vapor “Cóndor” pudiera navegar, hizo falta un esfuerzo inconmensurable. Se construyó en Valdivia, pero cruzó la cordillera en piezas que se rearmaron en destino. Eran otros tiempos.

La suerte del “Flecha del Plata” debería motivar a la reflexión. La primera embarcación de calado respetable que navegó las aguas del Nahuel Huapi se construyó en astilleros valdivianos y cruzó la cordillera desarmada después de enormes peripecias. Se trató del vapor “Cóndor”, cuya proa comenzó a surcar el enorme espejo de agua en noviembre de 1892. Sus escalas habituales fueron Bariloche, Llao Llao, Puerto Blest e Isla Victoria. Prestó servicios hasta 1938.

Hacia fines del siglo pasado, la zona en la que actualmente se levanta la ciudad presentaba una densidad poblacional reducida. Como se sabe, las narraciones más habituales adjudican a Carlos Wiederhold el hecho de erigir la primera construcción significativa. Eduardo Rodríguez retomó la historia del vapor, quien escribió un artículo en 1990 al que tituló “Cruce Internacional a Chile por los lagos”, para la invalorable y desaparecida “Revista Patagónica”.

Según el aporte de Rodríguez, “entre sus obras de mayor trascendencia figura la creación del pueblo de San Carlos, primitivamente Vuriloche, ausente en ese entonces de todo vestigio humano. Carlos Wiederhold construyó donde hoy está el Centro Cívico una casita de 4 x 5 metros, techada con tejuelas de alerce, al estilo de las casas de la región de la provincia de Llanquihue. Los materiales (maderas, tejuelas de alerce, clavos, cerraduras, bisagras, etc.) fueron traídos de Puerto Montt”.

Con esa “importación”, el empresario “pudo instalar su negocio y habitar su hogar. Fue la primera pequeña casa que bautizó, en 1891, con el nombre de San Carlos de Bariloche. En la época en que él se estableció, lo que después sería su sucursal comercial en la ribera oriental del lago Nahuel Huapi, la zona estaba muy ‘desconectada’ de la capital y demás ciudades argentinas”, decía Rodríguez, aunque en realidad, Wiederhold nunca pensó en orientar su negocio hacia el este.

Por “entonces no había caminos para un tránsito satisfactorio a las actividades comerciales”. Por ende, “Don Carlos se propuso establecer un lazo viable con el lado chileno. En ese momento era aquél un trayecto difícil y penoso por la falta de una buena red vial para el transporte de mercaderías que procedían de Puerto Montt, y los productos que venían de la zona de Bariloche”, explicaba el artículo.

¿Gaucho alemán?

Para el autor, “Don Carlos se adaptó muy pronto a las circunstancias y costumbres de la zona, a tal punto que su indumentaria de trabajo era del tipo gaucho argentino: bombachas, botas, mantas, etc. motivo por el cual lo llamaban el tío cuyano. Planteada la imprescindible necesidad de obtener una embarcación de cierto calado, se abocó a la solución de este problema y estudió cuidadosamente las alternativas para resolverlo”.

En su reconstrucción, Rodríguez planteaba que “construir un barco a orillas del lago resultaba imposible por falta de medios. Traerlo de Buenos Aires no era realizable por las enormes distancias a recorrer. En Chile, la parte más cercana a los astilleros era la ciudad fluvial de Valdivia. Don Carlos resolvió solicitar la construcción de una embarcación de 60 toneladas en los astilleros Ribbek. Una vez terminada debía ser transportada por vía marítima, por piezas, a Puerto Montt”.

Allí comenzaron los problemas, porque “en aquel entonces no existía ferrocarril desde Puerto Varas a Puerto Montt. El traslado desde allí a Ensenada, Petrohue, Peulla, Casa Pangue -cruzando la cordillera de los Andes a Puerto Blest- requería mucho sacrificio. Esto fue solucionado personalmente por Don Carlos con la ayuda de 30 hombres, en su mayoría chilotes”, es decir, vecinos de Chiloé.

Pero “el transporte de todo el material se realizó en el transcurso de casi un mes. El acarreo de la caldera, motor, cadenas y demás accesorios para el proyectado ‘Cóndor’, desde Puerto Montt a Puerto Varas, se hizo en tres días. Hasta Ensenada la caldera se transportó a remolque, flotando amarrada al barco. Con ayuda de 5 o 6 yuntas de bueyes y otros implementos de arrastre (como carretas), todo el material fue trasladado a Petrohue”.

Las peripecias continuaron: “en la travesía desde el lago de Todos los Santos hasta Peulla, los accesorios fueron llevados en la cubierta del pequeño barco ‘Tronador’, y la caldera nuevamente a remolque. Se arribó al Nahuel Huapi luego de 19 días, sobrellevando enormes dificultades. El sitio de destino fue una pequeña playa al pie del cerro Los Tres Hermanos”. En ocasiones, el periplo alcanzó ribetes dramáticos.

17 kilómetros interminables

“Desde Peulla a Blest se realizó la labor más difícil de esta gran empresa: el recorrido de los 17 kilómetros que separan Peulla de Casa Pangue, incluyendo el cruce de la cordillera por el paso de Los Raulíes, a 1.500 metros sobre el nivel del mar”, rescataba Rodríguez. “Para llevar a cabo el transporte de los materiales don Carlos debió adquirir 12 yuntas de bueyes en los alrededores, además de 500 a 600 mulas, éstas para llevar las cadenas ya cortadas en trozos de un metro, que era el peso máximo que podían soportar estos animales”.

Las cosas casi pasaron a mayores. “Al bordear laguna Frías, en otra pequeña laguna, una mula cargada con dos cajones de clavos resbaló cayendo en la laguna. De ahí el nombre de la laguna de Los Clavos, que aún perdura”, manifestaba el recopilador hace 10 años. “Después de muchas semanas de intensa labor, la embarcación estaba en condiciones de ser lanzada al lago. En esta ocasión concurrieron muchos amigos y colaboradores desde Puerto Montt para presenciar la ceremonia”. 

Finalmente, “el vapor se botó en noviembre de 1892 y fue bautizado con el nombre de ‘Cóndor’ para recordar al ave que abunda en la cordillera andina. La presencia del barco en el lago Nahuel Huapi fue un acontecimiento debidamente apreciado por todos los pobladores que vivían en sus riberas. Prestó servicios importantes y fue un estímulo considerable para las labores comerciales de don Carlos”.

La empresa fue coronada por el éxito, ya que “el ‘Cóndor’ navegó durante muchos años en el lago; sus escalas principales fueron Puerto Blest, Isla Victoria, Llao Llao, Bariloche y puntos intermedios. Para que el capitán se percatara de que había pasajeros o carga que transportar en el puerto que hoy está frente al hotel Llao Llao, los habitantes amarraban un pañuelo blanco en una larga caña colihue que agitaban. Por tal motivo, los tripulantes del barco lo denominaron Puerto Pañuelo, nombre que aún conserva”.

Más de cuatro décadas sobre el Nahuel Huapi

Según la reconstrucción de Eduardo Rodríguez, “el barco contribuyó además al auge inusitado de todas las actividades ribereñas, como las agrícolas, y especialmente a los intercambios comerciales. En aquellos tiempos, la escasa conexión de la región con el resto de nuestro país, incluso con Buenos Aires y Bahía Blanca, orientó las actividades comerciales en otro sentido. Don Carlos se vio en la necesidad de proveerse de mercadería que procedía de Hamburgo, a través de la línea de navegación más importante de la época, la ‘Kosmos’, que surcaba por el estrecho de Magallanes cuando aún no existía el Canal de Panamá”.

Como más o menos se sabe, “la mercadería la recibía en Puerto Montt la empresa Carlos Wiederhold y Cía. fundada en 1894 -explicaba el autor-. De aquí se la transportaba a San Carlos de Bariloche, a través de los medios de comunicación conocidos. A su vez, los productos de este lado de la cordillera -como lana, crin, cueros (materia prima)- continuaban su camino en sentido inverso para su exportación a Europa”.

En relación a la suerte del barco, años después “fue vendido a Primo Capraro, y éste a su vez (sic) a Ricardo Roth, quien lo destinó al turismo de la empresa Andina del Sud. Después de haber prestado servicios por muchos años –hasta 1938- en el lago, fue reemplazado por el ‘Modesta Victoria’”, otro emblema de la navegación lacustre en el Nahuel Huapi. En esos tiempos, no daba dejar embarcaciones abandonadas por ahí.

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