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Respuestas al misterio

El texto es dramático. Se vuelve conmovedor más por lo no dicho, que por lo relatado. En el pasaje bíblico que leímos esta semana, tan breve y acotado como oscuro, nos relatan la muerte temprana de dos de los hijos de Aarón, el Sumo Sacerdote y hermano de Moisés.

Sin explicación literal alguna, la vida de los jóvenes se apaga aparentemente por causa de un “fuego extraño”.  En el desierto camino a la Tierra Prometida, en el Santuario que acababan de inaugurar, ese fuego que consume a los muchachos es producto de un ritual realizado por ellos aparentemente sin autorización.

Los exégetas de todos los siglos intentaron diferentes explicaciones. Imaginaron teorías y conspiraciones. Tejieron historias de celos, codicia, poder e irreverencia de los muchachos. Los acusaron de haber bebido de más, o de haber comido de menos. Buscaron transgresiones previas o futuras. Culparon a unos y a otros. En definitiva, necesitaban respuestas. Necesitaban una causa y un culpable. La muerte siempre parece exigirlo.

Pero el texto de apenas unos versículos, sólo responde con silencios. O con más preguntas.

No se los escucha a los muchachos antes de que llegue el desastre decir una sola palabra. Dios aparece en un solo versículo aislado, diciendo algo poco entendible. Moisés aparece muy atormentado dando solamente órdenes técnicas acerca de los rituales del entierro y los sacrificios que debían realizarse al respecto. Pero el versículo más conmovedor es el que lo muestra a Aarón. El padre de los jóvenes. En sólo dos palabras, lo dice todo: “Vaidom Aaron” (“Y calló Aaron”).

Sólo silencio. Silencio. Silencio de ahogo. De esos silencios que lo enmudecen todo alrededor. De los que parecen hablar. Silencio que grita.

El misterio de la muerte, no trae explicaciones. No tiene culpables ni historias que la expliquen.

El misterio sólo genera preguntas. Nunca respuestas. Preguntas llenas de silencio.

Ante la muerte nos vemos desnudos, vulnerables, finitos todos, en humanidad total. El silencio de Aarón es el de aquél que se ve ante el espejo, cristal de la vida, interrogándose. Animándose a las preguntas que uno se hace sólo en silencio y mirándose a los propios ojos que lloran. Si la muerte no tiene explicación ni sentido, ¿acaso lo tiene la vida?

El contacto con el mundo de la espiritualidad, el ser rectos y generosos, ¿son una garantía para no ser atravesados por el dolor y la pérdida? Imagínense por un momento a Aaron: Sumo Sacerdote, hermano del profeta de Dios, ¿acaso nada te hace inmune al sufrimiento?

El misterio de la muerte, nos enfrenta a un mundo de preguntas acerca del porqué. ¿Por qué a él o por qué a ella?, ¿Por qué ahora?, ¿Por qué a mi?, ¿Por qué así?. Y sólo escuchamos el silencio. La falta de respuestas es la misma definición del misterio.

Ahora, lo contrario al misterio de la muerte no es la vida, sino otro misterio. Su contracara es el misterio del nacimiento. El milagro de haber nacido, lleno de falta de explicaciones a todos los otros porqué. ¿Por qué a él o por qué a ella?, ¿Por qué ahora?, ¿Por qué a mi?, ¿Por qué aquí? Y nuestra vida trasciende ambos misterios. Atrapados entre dos misterios. Allí vive nuestra vida.

A cambio del milagro de haber nacido nos dan una y sólo una seguridad de lo que nos sucederá en el tiempo que vivamos entre esos misterios. Y es que en algún momento, el segundo misterio llegará. Mientras tanto, vamos por la vida pensando que justo eso que es lo único que sabemos que vendrá, nunca va a pasar. Y cuando nos sucede, inevitable e inconscientemente nos preguntamos ¿Por qué a mí?, ¿Por qué a él o a ella? Y sin embargo, en algún lugar, es la única respuesta que en verdad tuvimos alguna vez.

Ante el silencio del misterio, nosotros debemos aprender a transformarnos en respuesta.

Somos arrojados a la vida para entregarle sentido. Somos atravesados por nuestros silencios, para ser buscadores de ese sentido.

La garantía que nos devuelve una vida digna no es otra que el de vivir una vida tan digna, que el día que llegue nuestro propio final envuelto de misterio, aquellos que nos hayan sabido amar bien puedan en sus propios silencios encontrar nuevos sentidos. Sentidos inspirados en nuestra forma de dar respuesta a un misterio aún superior al de la muerte: el de la bendición y el milagro de estar vivos.

El viaje de la vida hacia la muerte es inevitable. Pero el camino de la muerte hacia la vida es una elección. Una elección de trascendencia. Un viaje en búsqueda del sentido. Una peregrinación sagrada.

*El autor es Rabino de la Comunidad Amijai y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masortí

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