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Pesadilla de cumpleaños: el capítulo final de una broma que casi termina en tragedia

Nacho sopla las velas minutos antes de que lo vayan a buscar para tirarlo a la pileta

Era fin de año, por eso la familia de Nacho había alquilado una quinta con pileta en Paraná, Entre Ríos, cerca de donde viven. El plan era doble: celebrar Año Nuevo y el cumpleaños número 28 de Nacho, que había nacido precisamente un primero de enero.

Ya de madrugada, cuando el brindis por el 2019 había terminado, Nacho sopló las velas y dos de los invitados lo agarraron para tirarlo a la pileta. Nacho se rió y pidió que lo dejaran ponerse la malla. Claro que no lo dejaron: la broma no habría tenido gracia.

Se entregó pero algo, en ese corto camino, salió mal: pocos segundo después estaba en el suelo, desesperado, atrapado en su propio cuerpo. “Creí que iba a quedar cuadripléjico”, cuenta ahora Ignacio “Nacho” Gómez a Infobae. No era una sensación exagerada: había jugado al rugby durante años y conocía bien ese tipo de lesiones.

En la radiografía se ve la fractura
En la radiografía se ve la fractura

“La pileta estaba en una pequeña elevación. El chico que me llevaba del lado de la cabeza se resbaló, yo me caí al suelo y, con el mismo envión, él se vino encima mío. La cabeza se me dobló tanto que la pera se me reventó contra el pecho“.

Lo que sintió fue “el sonido de un petardo, como una explosión dentro de mi propio cuerpo”. Quedó tendido boca arriba cerca de la pileta mirando el cielo oscuro mientras alguien, en segundo plano, llamaba a una ambulancia.

“De repente me di cuenta de que me quería mover y no podía. Empecé a los gritos, ¡no me puedo mover!, ¡no puedo mover el cuerpo! Lo único que sentía era corriente, como si me estuviera electrocutando”.

La ambulancia tardó 7 minutos en llegar: “Maquiné un montón. Pensé que me moría, que no caminaba nunca más. Mi cabeza iba a mil por hora. Ver tu cuerpo y no poder moverlo es algo difícil de explicar: es como si no fuera tuyo, no había cuerpo, solo era la mente”. Todavía no lo sabía pero sus sospechas eran fundadas: se había fracturado la columna.

Junto a Jimena, su novia, antes del accidente.
Junto a Jimena, su novia, antes del accidente.

La convicción de que no iba a poder volver a caminar era tan sólida que le preguntó a Jimena, su novia, si iba a seguir estando con él si quedaba cuadripléjico. Ella no le dijo “callate, estás diciendo una pavada”. Le dijo “sí”. Nacho había sido deportista toda la vida: había jugado rugby, hockey y, al momento del accidente, salía con frecuencia a remar en su kayak.

Pasadas las 3 de la madrugada, la ambulancia lo llevó al Hospital San Martín, en Paraná. Le hicieron placas pero recién al día siguiente pudieron hacerle una resonancia magnética. “Me dieron algo para apretar un botón si sentía pánico adentro del resonador. Cuando ya estaba adentro caí en la cuenta de que no tenía ningún control de la mano. No tenía chance de poder apretar un botón”.

Nacho le pidió al médico que le dijera la verdad. Su respuesta lo asustó todavía más: “Estás complicadísimo, pibe”. El diagnóstico fue “síndrome raquimedular incompleto severo con desplazamiento a nivel cervical cuatro cinco”. No sólo las vértebras estaban descalzadas sino que la médula estaba aplastada. Había que operar ese mismo día.

El equipo médico habló con los padres de Nacho. “Les dijeron que iban a operar y que había tres opciones. Opción ‘a’, que quede bien, opción ‘b’, que quede hemipléjico, opción ‘c’, que quede cuadripléjico”. Todo dependía de cómo estuviera la médula y de cómo reaccionara a la cirugía, porque estaba todo muy inflamado. Y eso era tremendamente riesgoso”.

En la operación, calzaron la vértebras, sacaron hueso de la cadera y lo pusieron en la nuca, colocaron una placa de titanio y fijaron dos vértebras. Recién ahí llegó una noticia esperanzadora: la médula no estaba cortada.

Fueron dos días en terapia intensiva. Cuatro días después del accidente, un grupo de médicos entró a su habitación y le preguntó si se animaba a sentarse. Nacho dijo que sí y se sentó. Le preguntaron si se animaba a pararse, dijo que sí y se paró. Si se animaba a dar un paso. Dijo que sí y lo dio.

“Los médicos se miraron y se abrazaron. Sentí el alivio en ellos, la alegría. Verlos sorprenderse tanto me hizo tomar consciencia de que podría haber pasado lo peor”. Al quinto día, lentamente, empezó a caminar. Le dieron el alta una semana después del accidente, con la indicación de usar un cuello ortopédico y tener paciencia.

Todavía tiene algo en las manos llamado parestesia (un cosquilleo, una sensación de arenilla), algo que va a sentir mientras la médula se esté regenerando. Además y por la misma razón, tiene algo llamado “descargas neuronales”, raptos de corriente que trepan por el cuerpo, lo capturan y lo sueltan unos segundos después.

Hubo una fiesta familiar para darle la bienvenida
Hubo una fiesta familiar para darle la bienvenida

En casa lo esperaron con una fiesta de bienvenida. En las dos semanas que siguieron, Nacho recibió visitas de todos lados: “Ese fue uno de los clicks después del accidente. Vinieron amigos que no veía hacía mucho tiempo y que por ahí las relaciones se habían enfriado. Nunca había tomado dimensión de cuánta gente me cuida y me quiere”.

También dejó de dar por obvias ciertas funciones del cuerpo: “Ahora me pasa que me miro atentamente los pies y los muevo y me sonrojo, me río. Es una sensación de alivio y de gratitud. Uff, estuve a punto de no moverlos más. Uno no toma dimensión de la suerte que tiene de tener un cuerpo que funcione, de poder caminar, de tener control sobre el cuerpo. Poder abrazar a alguien. Yo nunca había pensado en eso”.

La segunda oportunidad lo llevó a activar todo lo que venía postergando: va a retomar la facultad con la idea de recibirse de licenciado en marketing el año que viene. Deberá buscar un nuevo trabajo porque era tan nuevo en el que tenía -hacía dos meses que era administrativo en una obra social- que le soltaron la mano.

Nacho en su kayak antes del accidente
Nacho en su kayak antes del accidente

Se despide Nacho y dice que hay una escena que imagina como el momento en que vuelva a sentirse “realmente feliz y en paz”. En la escena, él camina por la arena, entra al río con su kayax, traba los pies, se desliza cuesta abajo y rema.

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