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Pasó diez años preso, cambió su vida jugando al rugby con Los Espartanos y llegó a la cima de la montaña más alta de Europa

Ezequiel Baraja, en la cima del Monte Elbrus
Ezequiel Baraja, en la cima del Monte Elbrus

Cuando estaba preso, Ezequiel Baraja (32) escondía la faca en un tomo de 999 páginas de Lo que el viento se llevó. Las peleas entre los reclusos se multiplicaban y él quería estar listo. Entonces, como había estudiado encuadernación, ocultaba su arma entre las hojas y la tapa… por si la llegaba a necesitar.  Hasta que un día, la pelea no fue con él, sino entre dos compañeros: uno mató a otro. Y a Ezequiel, que tenía el pabellón a cargo, lo mandaron a una celda de aislamiento. “Las llamamos buzones. Son oscuras y sólo hay un pasa plato. Estaba tan sólo que no necesitaba la faca. Y lo único que tenía era ese libro. Entonces empecé a leerlo”, cuenta y con el tono se hacer cargo de lo insólito. “No podía parar. Me lo devoré en una semana. ¡Qué tremenda historia! La guerra, Scarlett O’Hara enamorada de Ashley. Morocha y de ojos verdes… ¡Divina!”, asegura con una sonrisa pícara. Y agrega que después de mucho tiempo, leyendo recuperó la sensación de libertad.

Hoy pasaron cuatro años desde que salió de la cárcel y en un bar de Retiro, se lanza al relato de su otra vida. “Crecí en San Martín, en una familia de clase media baja, pero nunca me faltó para comer y se priorizaba el estudio. Ningún pibe nace chorro. Siempre hay un factor desencadenante”, cuenta Ezequiel, que era abanderado.

Todo empezó cuando sus padres se separaron. Su papá se alejó y su mamá se hizo cargo de él y sus dos hermanos varones. Ezequiel soñaba con jugar al fútbol y tenía las condiciones, pero faltaban los recursos. “Eso me llenó de rencor y ganas de lastimar a mis viejos. Primero, portándome mal en el colegio. Después, en la adolescencia, juntándome con las personas equivocadas, que me manipulaban”, recuerda. Hasta que un día, con trece años, robó por primera vez. “Unas canillera en el supermercado de la vuelta de su casa. Ese día perdí mi infancia”, asegura.

Ezequiel lleva la bandera de Los Espartanos con orgullo
Ezequiel lleva la bandera de Los Espartanos con orgullo

Aquella práctica, con el tiempo, pasó a ser una constante. Los chicos más grandes le daban las armas y lo esperaban a tres cuadras. Ezequiel quería tener las zapatillas de marca y no medía las consecuencias. La droga era parte de esa vida, pero sólo en alguna etapa. Jamás robaba drogado. “A los 16 años entré a una estación de servicio solo y armado. Un policía dio la voz de alto y me disparó cumpliendo con su deber. Era lo que tenía que hacer… Todavía tengo uno de los dos disparos“, asegura mientras se señala el hombro y agrega que no le tiene ningún rencor.

Lo llevaron a la comisaría y entró a “la gran escuela delictiva”. “Llegué al primer instituto de menores y me fugué. Como nunca había dormido en la calle, me fui a mi casa, con el brazo enyesado. Le toqué el timbre a mi mamá, que estaba desesperada. Y, ¿qué hizo? Llamó a la policía. Me entregó porque tenía miedo que siguiera robando y me mataran. Yo volví a fugarme y seguí robando. Una y otra vez. Ningún instituto me podía contener. Como pasa con todos”, relata y detalla cómo fue llegar a la cárcel, una vez cumplidos los 18.

“Ahí cambió todo. Caí en la Unidad 30 de General Alvear, una cárcel de máxima seguridad. Aprendí a sobrevivir. Después pasé por varias: Sierra Chica, Olmos, Batán, Junín y San Martín. Me perfeccioné en esa escuela de la delincuencia. Quizá entraste por afanar un quiosco pero salís sabiendo cómo robar un banco. Te enseñan nuevas técnicas. Lo marcan los índices de reincidencia. Siempre volvés a caer siempre por un delito peor. Yo soy parte de esa estadística”, cuenta Ezequiel que fue condenado a cuatro años, la primera vez, pasó siete meses en libertad, volvió a caer y lo condenaron a seis años y ocho meses. Pero además, y en paralelo, a los 18 años tuvo a Franco, su primer hijo (hoy tiene 13) y a Giuliana (de 11).

En la cárcel –”la selva de cemento”– Ezequiel nunca se sintió parte del sistema. Peleaba porque tenía que hacerlo, no porque le gustara. Le parecía primitivo cortar un pedazo de ventana y afilarlo. Pero lo hacía. Tenía que defenderse. Con el tiempo, pasó a ser “limpieza”, que es aquel que está a cargo del pabellón para mantener en orden. Y cuando habían pasado tres años de su segunda condena, le pasaron cosas. “Vi cómo un pibe mataba a otro clavándole una faca en el ojo. ‘Acá la vida no vale nada’, pensé. Había pasado en mi sector, entonces quedé involucrado”, cuenta Ezequiel que pasó a la celda castigo de la unidad número 48 de San Martín, donde se enamoró de Scarlett O’Hara y empezó a pensar en cambiar.

“El rugby me dio la capacidad de creer en mí”, asegura Ezequiel (Nicolás Aboaf)
“El rugby me dio la capacidad de creer en mí”, asegura Ezequiel (Nicolás Aboaf)

 

Después de demostrar que no había tenido nada que ver con el incidente, se alojó en un pabellón de estudiantes, terminó el secundario y fue bibliotecario. Un día de 2014, mientras corría por la cancha de tierra del penal, vio un grupo de gente que se reía y se abrazaba. Se acercó para ver qué onda y Coco Oderigo, artífice de Los Espartanos –el equipo de rugby que llegó a la cárcel, se convirtió en fundación y trabaja en todo el país– lo invitó a sumarse al entrenamiento. Con el primer tackle sintió que descargaba energías con un golpe legítimo. Dejó de estar solo: Ezequiel encontró un equipo. Podía pasar la pelota y pedir que lo ayudaran si estaba en el piso.

“Espartanos fue el detonante del cambio. La herramienta para querer dejar la delincuencia al salir”, asegura Ezequiel. Y agrega que un día, después de un entrenamiento cualquiera, Jorge El Negro Mendizábal, uno de los fundadores de la iniciativa, le dijo: “Cuando salgas tenés laburo en Subway”. Entonces Ezequiel volvió a la celda y a su compañero le contó: “Salgo de acá y no robo nunca más. Tengo todo lo que necesito”. Y así fue. Con esa convicción rotunda dejó el Penal de San Martín el 22 de julio del 2015.

DECIDIDO A CAMBIAR

El 26 de octubre de ese mismo año Ezequiel viajó a Roma con once ex presos de la Fundación Espartanos para visitar al papa Francisco. Además, aprendió a trabajar, algo que nunca había hecho en su vida. Pasó de lavar los tuppers a ser el encargado de caja de Subway. Fue cartero, repartidor de pizzas y trabajó en una hamburguesería. Nada fue fácil.

Ahora lleva dos años trabajando todas las mañanas en la Fundación, como coordinador deportivo y educativo dentro del complejo penitenciario donde terminó de cumplir su condena. Además, lleva un año trabajando desde las cuatro de la tarde hasta las once de la noche en el programa Buenos Aires Presente (BAP) del Ministerio de Desarrollo Social porteño, para la asistencia de personas en situación de calle. “Me acerco, les pregunto en qué los puedo ayudar, si necesitan ir a un hospital o a un parador. Analizamos el subsidio habitacional. Tengo herramientas y me gusta mi trabajo. El otro día ayudé a un hombre que estaba desesperado por su medicación psiquiátrica. Lo miré a los ojos, lo calmé, le hablé con firmeza y pude llevarlo al Borda a buscar los remedios sin que tengamos que recurrir a la fuerza”, cuenta y se quiebra.

Entonces, su transformación se vuelve milagro, para los creyentes. O resultado del esfuerzo, para más pragmáticos. Y un poco de las dos cosas, para Los Espartanos. “Porque la Fundación tiene la excusa del deporte para captarte. Estudiar (obligatorio para jugar al rugby), para formarte. Y la espiritualidad como método de contención. Sacás las miserias y el rechazo. Así te preparás para trabajar. Y el trabajo te devuelve a la sociedad”, asegura Ezequiel.

“Con mis hijos tengo una relación diferente a la de cualquier padre. Somos como amigos. Cumplí mi condena mientras ellos crecían. La madre los crió. Pero vivimos todos en San Martín y nos vemos”, cuenta Ezequiel, que está de novio hace seis meses con Ailín, una compañera del Ministerio, con quien además está comprometido y planea convivir.

“Participé de Quién quiere ser millonario (el programa de preguntas y respuestas de Telefe), para arreglar mi casa. Al fondo vive uno de mis hermanos. El otro, está preso por unos meses porque se mandó una cagada por problemas de consumo. Hoy lo fui a visitar”.

SU PROPIA CUMBRE

Pero su vida fuera de la cárcel tuvo además de todo aquello una metáfora en la montaña. Matías Gutiérrez Moyano, amante de las altas cumbres, lo convocó para subir el Aconcagua (6.962 metros de altura) en febrero de 2018 y con un grupo de 16 personas entre los que estaban Paula Pareto, Fabricio Oberto, Julián Weich, Silvio Bello –ciego y capitán de la selección de fútbol Los Murciélagos– y Álvaro Casillas –ex torero español–. Todo a beneficio de la Fundación Bacigalupo. Ezequiel nunca había estado ni cerca de una montaña. Pero aceptó el desafío y empezó a entrenar: correr y nadar con constancia.

Baraja escaló el Aconcagua y el año que viene apuesta a subir al Kilimanyaro (5.893 metros), en África
Baraja escaló el Aconcagua y el año que viene apuesta a subir al Kilimanyaro (5.893 metros), en África

Fueron seis días de escalada, siempre con un guía. El 2 de marzo del año pasado cumplió 31 años a pocos metros de la cima. “Hay un momento en el que el desafió pasa a ser más mental que físico. Yo veía a Silvio, que no se quejaba, y decía: ‘Tengo que seguir'”, cuenta. Cuando llegaron a los 6.000 metros, quedaban cuatro escalando. Y en los 6.400, justo antes del ataque –así llaman a la escalada final hacia la cumbre– empezó lo peor.

“Habíamos salido con 25 grados bajo cero, tenía nieve hasta la rodilla y los dedos congelados. Entonces caí rendido. ‘¡A la mierda con todo!’, pensé. Faltaban 500 metros, que son seis horas. Pero me tomé unos minutos y recordé una enseñanza del papa Francisco. Parece que los montañistas cuando escalan van cantando: ‘En el arte de ascender lo importante no es no caer, sino no permanecer caído’. Y me levanté, porque así es la vida”, recuerda, con la pasión intacta.

“Me llené de energía pensando en los pibes que rezaban el Rosario por mí en la cárcel. Y el 3 de marzo, a las siete y cinco de la tarde, llegamos a la cumbre Julián Weich y yo”, rememora Ezequiel y aclara que de todas maneras, para todos hubo una cumbre en aquella experiencia. Además agrega: “Bajamos de noche, cosa que no es recomienda. La luna estaba llena y el cielo estrellado. Cuando fui al penal, los pibes me aplaudían, me abrazaban… ‘¡Guau! ‘, pensaba yo. La vida tenía otra página para mí”.

“Ser libre es una gran responsabilidad”, asegura Ezequiel
“Ser libre es una gran responsabilidad”, asegura Ezequiel

Pero como Ezequiel no se conforma con el Aconcagua, el 12 de agosto aterrizó en Buenos Aires después de quince días en Rusia y tras escalar el pico más alto de Europa, el Monte Elbrus, de 5.642 metros de altura.

La aventura duró una semana y resultó menos extenuante que el Aconcagua, pero igual de enriquecedora. “Llegamos al pico más alto, después de un portezuelo. Desplegué una vez más la bandera de Los Espartanos. Y ¿sabés qué fue lo más difícil? Extrañar. Después de tanto tiempo preso y sin sentir, me volví muy sensible”, revela.

Ezequiel subió dos de las siete cumbres más altas del mundo y le propusieron completar las Seven Summit –las siete–. El año que viene probablemente escale el Kilimanyaro (5.893 metros), en África. Y siga uno a uno, hasta alcanzar el Everest (8.848 metros). “Ser libre es una gran responsabilidad. Pero se puede. Mirame a mí. Jamás imaginé todo esto y acá estoy. Coco me lo dijo una vez: ‘Vos no tenés techo’. Y lo corroboré ahí arriba, cuando me arrodillé en lo más alto de la montaña“.

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