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“Marcha del millón”: la reinvención de Cambiemos

Ante una multitud, Mauricio Macri llamó a dar vuelta la elección (Thomas Khazki)
Ante una multitud, Mauricio Macri llamó a dar vuelta la elección (Thomas Khazki)

En la mitología kirchnerista de estos cuatro años figuró en un lugar central un episodio muy emotivo: el 9 de diciembre de 2015, los simpatizantes cristinistas llenaron la plaza de Mayo para despedir a su líder. En esa plaza se escuchó por primera vez el cantito “Vamos a Volver”, se vivó a los integrantes de 678 y sus seguidores escucharon con lágrimas en los ojos la despedida de CFK. En su libro reciente, Cristina dedica numerosas páginas, las primeras, a recordar ese acto. Tal vez por eso, algunos militantes kirchneristas se enojan cuando se los compara con las movilizaciones que rodean de multitudes a Mauricio Macri en los días previos a lo que muy probablemente sea su despedida del poder. Más allá de esos enojos, tan clásicos y previsibles, lo cierto es que hay numerosos puntos de contacto: son manifestaciones muy masivas -estas más aun que aquellas-, son expresiones de un espacio político que ha sido derrotado y, al mismo tiempo, reflejan la existencia de una identidad arraigada.

Con la sucesión de concentraciones que se realizaron en los últimos días, Macri ya logró “dar vuelta” algo. La paliza del 11 de agosto proyectó en las horas siguientes la imagen de un presidente derrotado y depresivo, que empezaba a alejarse del poder dejando tras de sí una fuerza política moribunda. Esa percepción fue revertida sorpresivamente en estas últimas semanas en las que Macri, en parte, se reinventó. Ya no hace actos en gimnasios cerrados, ni es protegido por vallas. Al contrario: convoca a su gente a ganar la calle y se mezcla entre ellos. Así fue, por ejemplo, la llegada de ayer al acto final de campaña, Ese acto no sumó un millón de personas, pero hubiera desbordado varias veces la plaza de Mayo. Hay que remontarse a las impresionantes caravanas de Carlos Menem en 1995 para encontrar actos proselitistas de esta magnitud. Con el fervor popular que la rodeó y la rodea, Cristina nunca convocó una multitud semejante.

Y todo esto se produjo en el marco de una crisis económica muy seria, que es el resultado más sensible de la gestión macrista, y luego de una derrota electoral en las primarias que fue un masazo para el ánimo de todos los simpatizantes de Cambiemos. Sin embargo, allí están: y son muchísimos los dispuestos a marchar detrás de Macri.

En ese marco, Macri, por primera vez, tarde quizás, logró cierta personalidad al arengar a una multitud. Su estilo de pastor evangélico ayer incorporó cierto contenido y, evidentemente, ese estilo significa algo para mucha gente. Carece del magnetismo que, en sus mejores momentos, tuvieron Raúl Alfonsín, Carlos Menem y la misma Cristina. Pero ya no es el novato que improvisa, titubea, imposta demasiado las emociones. Es bastante claro que se trata de un libreto pensado. Pero, ¿alguna vez no lo es?

En estos años, en el llano, mucha gente subestimó las movilizaciones kirchneristas calificandolas como “una minoría intensa”. La verdad es que la definición era acertada: era una minoría, era intensa, no alcanzaba para producir un triunfo electoral, pero allí estaba, a la espera de que cambiaran las condiciones y retomar el poder. La manifestación de ayer tiene los mismos rasgos: marcha una minoría intensa, recientemente derrotada pero expresa, como mínimo, a un tercio del país.

En esta dinámica se puede leer la principal diferencia entre las dos últimas elecciones y lo que ocurrió en 2007 y 2011, las dos veces en que triunfó CFK. En esas ocasiones, no solamente una de las opciones había triunfado por amplio margen -como posiblemente ocurrirá ahora- sino que además la oposición había sido desarticulada, en gran parte porque la debacle de Fernando de la Rúa le había quitado toda su base social al radicalismo. Por eso, en 2007 y 2011 parecía que el kirchnerismo podía soñar con quedarse con todo y por un largo tiempo. Había un solo partido político nacional: el resto era un archipiélago inconexo y minoritario. Eso dio origen a problemas muy serios.

En 2015 estuvo claro desde el principio de que la alternancia tenía chances muy razonables de suceder. Y ahora pareciera que también, y no solo por la dimensión de las marchas o por la existencia de una oposición articulada: también porque ya se sabe que ni siquiera ganar 54 a 17 alcanzó para obtener la suma del poder.

La euforia de la marcha de ayer muy probablemente se compense con la derrota que ocurrirá el domingo que viene. En ese caso, la posibilidad de Cambiemos de volver al poder dependerá de muchas variantes. En el corto plazo, será definitorio el desempeño de Alberto Fernández en su eventual presidencia. Luego, será clave la capacidad de articulación entre los distintos sectores de la alianza, y sus principales dirigentes.

Alberto Fernández, candidato del Frente de Todos (Gustavo Gavotti)
Alberto Fernández, candidato del Frente de Todos (Gustavo Gavotti)

Si Mauricio Macri emerge con la convicción de que su liderazgo fortalece al espacio, correrá el riesgo de producir el mismo efecto que este año, cuando arrastró a una situación más complicada de lo necesario a Horacio Rodriguez Larreta y hundió a María Eugenia Vidal. Los gobernadores que desdoblaron, es decir, que se lo sacaron de encima, ganaron. Los que no tuvieron más remedio que aceptar sus órdenes, no.

En los últimos días, la Casa Rosada difundió datos para demostrar que, en muchas provincias que desdoblaron, Macri obtuvo más votos que algunos candidatos de Cambiemos. Son estadísticas amañadas pero que ofrecen evidencia de que Macri está decidido a priorizar una vez más su liderazgo antes que la posibilidad de recrear la oposición.

En esa dinámica, Macri tiene intereses distintos a los de los líderes regionales de Cambiemos. Los gobernadores de la oposición, entre ellos Horacio Rodriguez Larreta, tendrán necesidad de dialogar con el gobierno de Alberto Fernández. Macri, en cambio, querrá demostrar que el gobierno de Fernandez es peor que el suyo.

Para Cambiemos, después del 10 de diciembre, puede ser importante empezar a presentarse como una propuesta diferente a la que acaba de fracasar, especialmente en el área económica: reinventarse. Macri es un símbolo de ese fracaso, y lo será mucho más si pretende demostrar que las cosas que ocurrieron no ocurrieron.

Pero, al mismo tiempo, tiene todo el derecho del mundo a reclamar lo suyo. ¿O no fue él quien fundó Cambiemos? ¿O no fue quien lo llevó al poder? ¿O no es él quien convoca multitudes como la de ayer?

“Mi compromiso con la provincia no termina en una elección”. dijo Vidal en el Coloquio de IDEA (Christian Heit)
“Mi compromiso con la provincia no termina en una elección”. dijo Vidal en el Coloquio de IDEA (Christian Heit)

En dos años, será la primera prueba electoral para el nuevo gobierno. El miércoles, en el Coloquio de IDEA, María Eugenia Vidal dejó una clave sobre lo que será esa batalla. Vidal explicó: “Mi compromiso con la provincia no termina en una elección”. Eso quiere decir que, probablemente, en dos años será quien encabece la lista de diputados nacionales en la provincia de Buenos Aires. Si el domingo obtiene alrededor del 35 por ciento, en estas condiciones económicas y con la dificultad de llevar a Macri en la boleta, ¿cuanto obtendrá en dos años? Si le va bien en provincia, y gana en Capital y Mendoza, y el peronismo oficialista pierde en Córdoba, todo se abrirá de nuevo para las siguientes presidenciales.

Macri cierra su mandato muy distinto al que asumió el 10 de diciembre de 2015. Por entonces, creía que era fácil derrotar la inflación y que, por ende, la pobreza bajaría en el país, que era posible atraer una lluvia de inversiones con solo correr a Cristina del poder, que su equipo estaba integrado por personalidades de excepción. Era un líder que se había ido corriendo progresivamente hacia el laicismo e insinuaba un discurso desarrollista. Es difícil saber qué es lo que aprendió sobre sus limitaciones, que se demostraron mucho más serias de lo que él creía. Es, al mismo tiempo, el jefe de un gobierno que fracasó en su desafío principal, pero un líder político capaz de seguir peleando en las condiciones más adversas. ¿Quien hubiera dicho hace solo un lustro que una multitud semejante iba a concurrir a uno de sus actos?

En algún sentido, es positivo para la Argentina que los presidentes, aun los derrotados, sean despedidos por multitudes. Sería bueno, además, que la herencia que dejan sea menos dolorosas.

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