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La “Navidad de los muertos” en el Cementerio de Flores: canciones, ofrendas con formas humanas y juguetes sobre las tumbas

Dos nenes de 7 y 8 años corretean entre tumbas llenas de flores, entre molinetes de plástico que giran a toda velocidad, entre fotos, ofrendas, latas de cerveza y comida. De pronto uno detiene la carrera sin avisar y le señala al otro una sepultura. Se quedan mirándola fijo.

El que señala tiene puesta una camiseta de Boca y el otro una de River. En ese detalle repara el fotógrafo de Infobae que acaba de agacharse frente a ellos para capturar la escena. Apenas gatilla lo descubren y sin mediar palabra le sueltan: “¿Acá hay enterrado un bebé?”.

“No, no creo…”, alcanza a decir el fotógrafo descolocado por la pregunta, en un intento inconsciente por alejar de esas dos criaturas la idea de la muerte. Pero ellos, mirándolo a la misma altura porque él sigue con las rodillas flexionadas tras capturar la imagen, no titubean: “Sí, acá hay enterrado un bebé porque estos son sus juguetes”.

Cada año la comunidad boliviana peregrina hasta el Bajo Flores, para una celebración que entre muchas otras cosas habla de una forma distinta de vivir la muerte.

Hay tristeza -porque es mentira que algo se festeje-, pero se permiten las carcajadas, estridentes, con la boca abierta, echados para atrás y de cara al cielo. Especialmente si vienen acompañadas de una buena anécdota con el difunto.

“Bolivia y Perú fueron los primeros lugares donde llegaron los españoles. Los Incas, antes de que existiera Argentina, Brasil, o cualquier otro país, hacían su propia tumba dentro de sus casas. Ellos ya sabían cuándo iban a morir y dejaban sus herencias dentro de la tierra. A partir de allí las ofrendas se dejan en el piso”, intenta ponerle Juan Ignacio Fernández, causas históricas a todo lo que hay alrededor de las sepulturas. De rosarios y estampitas, a peluches y guantes de fútbol.

Y sigue: “Cada masita que traemos tiene su significado. El sol es para que lo alumbre, la escalera es para que suba al cielo, los niños -que representan a los hijos- le acompañan y los dulces son para endulzarle el alma. Las coronas hacen a la felicidad y no se le pueden traer muchas cosas negras, porque el muerto sufre con la oscuridad”.

Los Incas ya sabían cuándo iban a morir y dejaban sus herencias dentro de la tierra. A partir de allí las ofrendas se dejan en el piso

Mientras Juan Ignacio habla con Infobae alguien con una guitarra se acerca al grupo de 14 familiares y amigos que rodean la tumba de Emilia Vallejos. La melodía, bien ejecutada, es la de “The sound of silence”, de Simon and Garfunkel, pero tiene la letra cambiada. Siempre con la misma progresión de acordes, el trovador termina recitando los versos del “Padre nuestro”.

Henry Valentín Capajaña Sebacollo, de 30 años, llegó desde Laferrere en el 193. Esa mañana bajó del colectivo y encaró con paso firme en dirección al cementerio, aunque no tiene a nadie a quien visitar ahí. En lugar de flores lleva una guitarra española.

Desde hace 10 años cada 2 de noviembre Henry toca canciones de Los Jairas y los Kory Huayras, entre otros grupos bolivianos típicos, que componen su repertorio estable para “cosas de difuntos”, dice.

Va con su guitarra para el Día de la Madre, el Día del Padre, algunas misas. El resto de los días trabaja en su taller de costura en Laferrere, porque “está difícil vivir de la música”.

“A los 12 años ya tocaba en el cementerio en Bolivia. Vamos acompañando a las familias dolientes en este día que es tan especial para muchos porque es un día muy esperado. Se trata de acompañarlos con lo que más le gustaba y la música es algo que a todo mundo le gusta”, dice.

“Es una música sentimental, son canciones que a uno le llegan”, le cuenta a Infobae, antes de compartir el paso a paso de su servicio: “Primero me acerco con el respeto que cada familia merece. Les pregunto quién es la persona que ha fallecido y cómo son los parentescos. Pueden ser hijos entonces saco canciones de ‘mi hijo se murió’, si es una madre ‘mi madre’, y así”.

A los 12 años ya tocaba en el cementerio en Bolivia. Vamos acompañando a las familias dolientes en este día que es tan especial para muchos porque es un día muy esperado. Se trata de acompañarlos con lo que más le gustaba y la música es algo que a todo mundo le gusta

Pasadas las 14 en el cementerio ya son cientos de personas las que caminan por los senderos y entre las tumbas. Henry llega tener una lista de espera de varios grupos que quieren que se acerque a tocar algunas canciones para ellos y su muerto. Él va enumerando en su cabeza el orden en que se lo y a nadie le dice que no.

Desde hace varios años el control cada 2 de noviembre es mayor en el Cementerio de Flores. Calles cortadas y un dispositivo de la Policía de la Ciudad, agentes de Prevención, de Tránsito y seguridad privada, dentro y fuera del predio. Según le contó un empleado a Infobae el problema comenzó porque “la gente no quería irse”.

En el ingreso al cementerio este “Día de los muertos” un grupo de policías se encarga de revisar bolsos, mochilas y bultos. Otra de las novedades de los últimos años es que está prohibido el ingreso de bebidas alcohólicas.

Por eso esta “Navidad de los muertos”, como le dice Juan Ignacio a la fecha, el brindis por el ser querido es un ritual que comienza en la tumba, pero terminará junto a los altares en las casas.

“Este día traemos muchas frutas a nuestros muerts, pero la más sagrada de todas es la piña. Tiene dulzura y amargura, representa a la vida. Por eso cuando regresamos a casa vaciamos la piña, nos hacemos un trago y lo compartimos”, confía.

Extrañamente -o no- mientras las tumbas sobre la tierra rebozan de colores, de objetos, de gente, de familias, de amigos, la zona de las bóvedas en el Cementerio de Flores está prácticamente desierta. Apenas algunas personas se acercan a buscar algo de sombra, bajo las estructuras ostentosas y grises.

Los corredores en la parte de nichos, también vacíos, contrastan con el exterior por un silencio profundo. Pasar por ahí es cruzarse con esa otra cara de la muerte. Una en la que apenas se oye el eco de los pasos propios, deambulan sombras a contraluz y no se perciben rastros de vida; ni presente, ni pasada.

Otra vez afuera, entre las tumbas, el bullicio, el sol en la cara, insiste en resaltar el contraste de las muchas muertes que pueden convivir en un mismo cementerio.

Con una manta de colores tendida en el suelo, sobre la que hay varios panes con formas humanas, algunas paletas de dulce y frutas, está María Calani Lázaro, sentada frente a la tumba de su hija, Lizbeth, que murió en 2018 con 21 años.

“A mi hija la mataron y hoy es el día de todos los santos donde los espíritus nos vienen a ver y nosotros siempre los recordamos”, le dice María a Infobae.

“Traje lo que le gustaba a ella para que la gente le de unas oraciones. Esto tiene que ver con nuestra cultura. No los olvidamos, los llevamos siempre con nosotros, es lo que nuestros ancestros nos enseñaron”, explica, con la vista en las cosas sobre la manta.

“Esto representa a mi hija y también a todos los parientes cercanos que fallecieron. Mi padre, mis abuelos. Dos días antes preparamos toda la masa y el 1 de noviembre ya tiene que estar todo listo porque es cuando vienen los espíritus”, sigue, mientras se acerca a la charla Alfredo Choque Mendoza, el papá de Lizbeth.

“La recordamos ofreciendo las cosas que le agradaban en la vida. Preparamos un altar en casa, ahí damos oraciones toda la noche, vienen visitas, las invitamos con algún licor suave. Esto es algo que mantiene firme y viva nuestras creencias, nuestra cultura ancestral”, dice él.

No los olvidamos, los llevamos siempre con nosotros, es lo que nuestros ancestros nos enseñaron

“En el altar tiene que haber ofrendas en representación a la persona. Cada turco, como los llamamos a estos panes, personifica al difunto. Es una forma de decir que él está presente y se le suman las ofrendas: comida, frutas, cosas que le gustaban. Y con los años esto se va transmitiendo a los hijos, a los nietos…”, detalla Alfredo, que llegó en 1969 desde un pequeño pueblo de Bolivia, Suquistaca.

“Nosotros los bolivianos tenemos una muy fuerte transmisión de nuestras costumbres ancestrales, una cultura muy profunda. Cosa que aquí en Argentina no se ve. Han sido los 14 mil habitantes de la Pampa exterminados en las expediciones de Roca, Rosas, Sarmiento, los que han borrado estas costumbres de la tierra. Si quedó algo ha sido en las montañas, en Neuquén, en la precordillera, el Chaco. En las pocas personas que quedan y pueden transmitir el conocimiento”, agrega.

Un hombre al que no conoce lo interrumpe para acercarse a orar por Lizbeth. Después pregunta si hay alguien más en el cementerio. Le dicen los nombres y a cada uno le reza. Es un susurro casi imperceptible. Cuando termina le dan uno de los panes con forma humana en agradecimiento.

Aunque haya varios familiares enterrados en el cementerio, la cultura boliviana considera que la visita debe estar destinada a la tumba de sólo un ser querido. Estar ahí por él o ella y para él o ella. No hacerlo podría significar un mal para la persona.

Camino a la salida el abultado grupo de Juan Ignacio sigue alrededor de la tumba de Emilia, la familiar y amiga a la que fueron a visitar. Continúan riéndose fuerte y piensan quedarse hasta que les digan que tienen que irse en Flores.

Sobre por qué es importante estar ahí cada 2 de noviembre. Él se sale de mitos, costumbres, leyendas y elige explicarlo de una forma diferente, con una pregunta que -dice- hay que estar para responder cuando llegue el muerto:

-¿Siguen ahí?

Fotos: Franco Fafasuli

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