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La matemática del amor

(Brian Rea for The New York Times)Tenía 67 años y el juez estaba por decretar el fin de mi matrimonio que había durado 35 años. Para el mundo –es decir el mundo de las mujeres– parecía haberme vuelto invisible en esas décadas. Las mujeres no solamente pasaban a mi lado sin notarme; sentía como si hubieran caminado a través de mí, como si fuera fantasma.
Tenía dificultades para conciliar mis expectativas y mi edad. Tener suerte a estas alturas, me habían dicho, significaba encontrar compañía, la versión tibia de lo que alguna vez fue. Debería sentirme afortunado, me dije, si encontrara a cualquiera que se interesara por mí.
Padecía por un poco de esto crónico y aquello crónico, y por una falta de confianza crónica. Hasta en mis mejores épocas era pésimo para coquetear con mujeres en bares o fiestas. Prefería morir antes de intentar conquistar a alguna mujer viuda o divorciada en el supermercado o el metro.
Y luego llegó ese miércoles de finales del año cuando tenía tres horas libres ant..

(Brian Rea for The New York Times)

Tenía 67 años y el juez estaba por decretar el fin de mi matrimonio que había durado 35 años. Para el mundo –es decir el mundo de las mujeres– parecía haberme vuelto invisible en esas décadas. Las mujeres no solamente pasaban a mi lado sin notarme; sentía como si hubieran caminado a través de mí, como si fuera fantasma.

Tenía dificultades para conciliar mis expectativas y mi edad. Tener suerte a estas alturas, me habían dicho, significaba encontrar compañía, la versión tibia de lo que alguna vez fue. Debería sentirme afortunado, me dije, si encontrara a cualquiera que se interesara por mí.

Padecía por un poco de esto crónico y aquello crónico, y por una falta de confianza crónica. Hasta en mis mejores épocas era pésimo para coquetear con mujeres en bares o fiestas. Prefería morir antes de intentar conquistar a alguna mujer viuda o divorciada en el supermercado o el metro.

Y luego llegó ese miércoles de finales del año cuando tenía tres horas libres antes de mi vuelo a Londres y terminé en el mostrador de Legal Sea Foods, en la terminal internacional del aeropuerto Logan, de Boston. Había pedido una crema de mariscos que estaba caliente y muy cremosa, con patatas y almejas.

A mi derecha, en la esquina de la barra, sentí que había una mujer. La miré de reojo y casi me caigo del asiento. Se veía luminosa con un suéter blanco y su cabello rubio, en flequillo, enmarcaba perfectamente sus ojos.

"Qué tonto", me dije a mí mismo. Era casi tan joven como para ser mi hija. Si volteaba a verla de nuevo, temía que no iba a poder dejar de mirarla.

Así que me concentré en la sopa. La idea de hablar con ella nunca me pasó por la cabeza. Luego ella me preguntó qué tal estaba mi platillo, aunque yo estaba seguro de que realmente solo estaba interesada en la crema.

Me estaba preparando para el epílogo de la vida, sin pensar jamás que iba a empezar otro prólogo.

Siete meses después, ella y yo vivimos juntos —Diana y sus dos hijas— en un hogar que data de la Guerra Civil en la avenida principal de un pequeño pueblo en el estado de Nueva York. En vez de escribir columnas pesadas sobre las amenazas a la democracia, ahora de vez en cuando me pueden encontrar entregando las flores que ella vende en su tienda, mientras voy en el auto camino a algún sitio pintoresco donde debo evadir a las gallinas en la entrada y usar mi cuerpo como escudo para que los pétalos no sean azotados por el viento (hace poco hasta me dieron una propina de 15 dólares por hacerlo). En un sitio donde abundan las camionetas estilo pickup, mi auto parece una nave espacial, con todo y las placas del estado de Massachussetts.

En una de nuestras primeras salidas, fuimos a un hogar funerario algo lejano que estaba sobre un camino montañoso. Dejamos ahí los arreglos para el servicio del día siguiente. También hemos ido a capillas, iglesias y lugares de eventos, donde parejas jóvenes (algunos de personas que estaban por ser enviados a combate) se preparaban para intercambiar promesas de amor rodeadas por los hermosos arreglos florales, las velas y guirnaldas que llevamos para la ocasión.

Diana y yo, apropiadamente, nos encontramos en la intersección entre comprometidos y abandonados, inicio y final, en nuestro romance tan improbable. Cuando ella nació yo ya era un joven que vivía fuera del país.

Match.com y eHarmony nunca nos habrían unido. Mi abuela presidía su templo religioso y la abuela de Diana era mormona devota. A mí me incomodan las escaleras y apenas si puedo cambiar una bombilla. Diana maneja muy bien un taladro y luce cómoda cuando se asoma desde la ventana para quitar las hojas acumuladas en el techo. Yo evadí la conscripción durante la Guerra de Vietnam; ella ha pertenecido al ejército, ha sido voluntaria enviada a Somalia y gran tiradora. Pero henos aquí.

Honestamente, no estaba buscando a una mujer más joven. No quería ser un cliché senil.

Ahora soy una de las 1700 almas en el poblado neoyorquino, a equidistancia del kiosco y la feria del condado.

A principios de nuestro romance, el plan era que pasara la noche en el sillón de una vecina llamada Jean. Esa mañana en la cafetería local un completo desconocido me preguntó si yo era el tipo de fuera del pueblo que iba a dormir en el sillón de Jean.

"¿Por qué?", le pregunté, más sorprendido que otra cosa.

"Pues", respondió, "quería saber los detalles jugosos".

"No lo creo".

Aún no conozco a todos aquí, pero ya todos parecen conocerme a mí. Los desconocidos me hacen preguntas muy personales. También me preguntan si me gusta la nueva alfombra y en qué fecha es mi viaje a Inglaterra. Me siento incómodo preguntándoles sus nombres cuando ellos ya saben tanto sobre mí.

Hace poco estaba sentado en mi escritorio y me sentía enamorado y confundido a la vez. Miraba hacia nuestro cobertizo de color arándano, donde están guardadas las pertenencias del hombre que solía ser —sobrio, pensativo, egocéntrico—; es un espacio lleno de cajas con documentos polvorientos, premios antiguos y fotografías de una vida que ya pasó, cual colección curada y retrospectiva, llena de nostalgia. Me estaba preparando para el epílogo de la vida, sin pensar jamás que iba a empezar otro prólogo.

Debajo de donde estaba sentado, se extienden jardines (estaban cubiertos por nieve y escarcha, pero son jardines), una red para voleibol, un tirolesa, un columpio y un cielo invernal que se mueve junto con las nubes y deja ver las estrellas. Hay una luna brillante por arriba de las piceas. (Diana hace horticultura y sabe los nombres comunes y científicos de casi todo lo que crece a nuestro alrededor; suele buscar ramas y ramilletes sueltas para hacer sus arreglos florales).

Temo haber dejado algo pasar, entre la crema en el aeropuerto y el hogar en la avenida principal. Se debe en parte a que yo mismo no me puedo explicar cómo llegué aquí. Me siento como figura de caricatura —Wile E. Coyote, se me ocurre— que ve el puente que cruzó cuando alguien ya lo está borrando.

No hay cómo regresar; ya solo hay aire detrás. Honestamente, no estaba buscando a una mujer más joven. En un sitio de citas en línea para clientes de mayor edad había establecido la edad mínima de parejas potenciales en los 60 años. No quería ser un cliché senil. Ya conozco el viejo dicho: no hay peor tonto que el anciano que lo sigue siendo.

De verdad intenté persuadirla (bueno, no tanto) de que los años que nos dividen no son aliados, que ella hoy tiene 47 y yo, 67; que, pese a que solo hay un día entre nuestros cumpleaños —el mío es el 14 de septiembre y el suyo, el día 15— los veinte años se harán cada vez más presentes. ¿Qué va a hacer con el anciano de 77 años que seré pronto? Algo de tiempo en el gimnasio retrasará, pero no prevendrá, lo que viene. "Es insensato", le dije, enamorado y esperanzado de que lo dicho no tuviera efecto.

Alguna vez, al principio, intenté alejarme al pensar que no había futuro. Necesitaba demostrar madurez y autocontrol, así que cancelé una visita que ya teníamos planeada. No hice más que lastimarla y me sentí terrible. La resistencia era fútil. Dejé de decirle que seguramente hay otros para ella que son una mejor elección.

Además, conozco las malas jugadas del tiempo. Mi padre, que muchas veces hablaba sobre cómo quería gastar la fortuna de su suegro envejecido, falleció a los 50, mucho antes que mi abuelo. Uno de mis hijos murió cuando tenía 21. Las tablas actuariales de mortalidad no eran de fiarse; incluso si las matemáticas se cumplían, no quería intercambiar un solo día sin ella por uno más de vida. ¿Es una ilusión? Posiblemente. Pero ¿no lo es todo, al fin y al cabo?

Diana, por su parte, evade con mucha gracia mis preocupaciones. Cuando pasamos frente a un asilo de ancianos, le pregunto si debo reservar de una vez mi lugar. Cuando vamos a una fiesta, ella sugiere que bailemos… pero solo si lo hacemos lentamente. Cuando necesitamos mover objetos pesados, ella me saca del camino y se echa el peso a la espalda.

No pongo objeciones.

No, no voy a cambiar el color de mi cabello cada vez más delgado ni alterar mi vestimenta (muchas camisas de botones y lana tweed), ni hacer como que Aretha Franklin y Marvin Gaye no son lo más reciente de la música; tampoco dejaré de usar mi reloj con menos manillas a las que estoy acostumbrado: hora, minuto y segundo. Cada vez que una de ellas se mueve me vuelvo testigo del tiempo transcurrido con alguien con quien nunca imaginé estar; ahora no puedo imaginarme estar sin ella.

Ted Gup es escritor, con residencia en la Universidad de Durham en Inglaterra, y autor de varios libros de no ficción.

* Copyright: 2019 The New York Times News Service

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