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Insultos de día, aplausos de noche: el árbitro del ascenso que le rinde tributo a Joan Manuel Serrat

Germán Bermúdez tiene 43 años y trabaja durante el día de autoridad impuesta. Es árbitro y dirige en la Primera B, esa categoría donde empieza a vivirse de verdad el fútbol del Ascenso.
No hay estrellas pero sí ídolos del club. Los jugadores no son famosos y sus salarios se parecen más a los de un empleado de oficina con poca antigüedad. Muchas canchas están incompletas, con dos o incluso sólo una tribuna. Y los hinchas, por lo general unos pocos miles por equipo, van a los partidos cantando que acompañan en las buenas y en las malas, si bien en su interior saben que casi siempre serán malas.
Como en el Ascenso el negocio es chico (o casi no hay) hay menos intereses. Las carencias económicas del Ascenso traen un beneficio no buscado a este universo: todo es más genuino.
Es domingo y Bermúdez recorre con sus asistentes (dos jueces de línea y el cuarto árbitro) el campo de juego del Club Comunicaciones, ubicado en el porteño barrio de Agronomía. Hace un calor escandaloso, de esos que cue..

Germán Bermúdez tiene 43 años y trabaja durante el día de autoridad impuesta. Es árbitro y dirige en la Primera B, esa categoría donde empieza a vivirse de verdad el fútbol del Ascenso.

No hay estrellas pero sí ídolos del club. Los jugadores no son famosos y sus salarios se parecen más a los de un empleado de oficina con poca antigüedad. Muchas canchas están incompletas, con dos o incluso sólo una tribuna. Y los hinchas, por lo general unos pocos miles por equipo, van a los partidos cantando que acompañan en las buenas y en las malas, si bien en su interior saben que casi siempre serán malas.

Como en el Ascenso el negocio es chico (o casi no hay) hay menos intereses. Las carencias económicas del Ascenso traen un beneficio no buscado a este universo: todo es más genuino.

Es domingo y Bermúdez recorre con sus asistentes (dos jueces de línea y el cuarto árbitro) el campo de juego del Club Comunicaciones, ubicado en el porteño barrio de Agronomía. Hace un calor escandaloso, de esos que cuestionan la existencia, pero el árbitro da un primer indicio de su autoridad. Les dice a sus asistentes que tendrán que vestirse de negro pese al radiante sol maltratador porque si usan otro color puede llegar a confundirse con las camisetas de los equipos.

Germán Bermúdez dirige en la Primera B

Detrás del arco que da hacia la zona de vestuarios, hay un mástil. Un hombre de unos 60 años está bajando las banderas, la argentina y la del club. Cuenta que recién se avivaron que las habían puesto al revés.

El hombre, dirigente desde hace 40 años, le dice a Bermúdez: "Como árbitro sos un gran cantante".

"Separemos lo artístico de lo futbolístico". responde Bermúdez.

Ambos ríen.

El árbitro es un personaje conocido en el Ascenso. Muchos saben que dirige de día pero que de noche es cantante y rinde tributo a Joan Manuel Serrat. Pero ahora es momento de fútbol. Nada de eso de que los niños dejen ya de joder con la pelota.

El vestuario donde Bermúdez y sus asistentes se cambian es tan austero como discurso de ajuste del Estado. Hay un perchero donde los árbitros cuelgan sus trajes, 4 sillas de plástico, una mesa de melamina y una heladerita. Sobre la mesa hay botellas de agua, gaseosa y unos sándwiches de miga. Uno de los jueces se come dos poco antes del comienzo del partido.

Bermúdez, mientras tanto, comienza con su ritual. Se saca el traje y se viste de negro. El hábito hace al monje. Abre su neceser y saca los dos silbatos con los que va a dirigir (uno es de respuesto). Borra anotaciones de otro partido en sus tarjetas amarilla y roja. Agarra dos lápices de unos 5 centímetros cada uno (Bermúdez tiene repuesto para todo) y los guarda debajo de su muñequera. Elonga mientras imparte unas últimas instrucciones a sus asistentes.

El clima es distendido. Bermúdez hace una breve exposición del rol del buen árbitro, que es también una síntesis de la escuela de seguridad que hace foco en la prevención y no en la represión: "El mejor árbitro es el que va con el baldecito de arena apagando el fuego que empieza. No el que tira manguerazo cuando el incendio se desató".

Faltan 15 minutos para el inicio del encuentro. Comunicaciones, perdido en las últimas posiciones de la tabla, enfrenta a Estudiantes de Buenos Aires, que está peleando en la cima.

Bermúdez agarra la pelota y sale del vestuario escoltado en cada flanco por sus jueces de línea. Ingresa al campo de juego y desde la única tribuna que tiene la cancha, donde hay cerca de 500 hinchas, empieza a disputarse en paralelo otro deporte: el de insultar al árbitro.

La publicidad de su faceta de cantante
La publicidad de su faceta de cantante

Ahora es de noche y el partido en el que Estudiantes le ganó 1 a 0 a Comunicaciones quedó atrás. Bermúdez está otra vez escoltado a cada uno de sus lados, pero ahora en vez de jueces de línea, hay un guitarrista y un baterista. Delante de él hay 38 personas distribuidas en 10 mesas de un restaurante en La Plata. El promedio de edad ronda los 50 años. Cada uno pagó $250 para disfrutar de la cena show. Ese importe sólo cubre el derecho de verlo a Bermúdez cantar tributo a Joan Manuel Serrat. Lo que cada uno coma y tome se cobra aparte.

El repertorio que preparó para hoy consta de 19 canciones. La pasión de Bermúdez por el cantautor catalán comenzó a los 14 años, cuando una amiga le regaló un cancionero con las letras y los acordes de guitarra de Serrat.

Recuerda Bermúdez: "Ahí leí Cada loco con su tema. Me pareció una declaración de principios extraordinaria. A partir de ahí me empecé a interesar por ver quién era este hombre".

Bermúdez pasaba mucho tiempo sólo en su casa, escuchaba al catalán y lo interpretaba diariamente. A los 19 empezó a cantar en público y ahora, 24 años después, hace de 4 a 6 shows por mes en promedio, casi siempre los fines de semana.

"El hecho de tener otro oficio paralelo al arbitraje me da libertad dentro de la cancha. No dependo del arancel del partido para lo que es mi vida diaria. Defiendo que todos los jueces nos ganemos la vida de otra cosa", afirma el árbitro cantante mientras ultima los detalles para el espectáculo que comenzará en instantes.

Bermúdez tiene una prolijidad coherente. La camiseta de árbitro o la camisa de cantante, siempre impecable y dentro del pantalón. Ningún pelo travieso desafía al gel. Sus palabras son claras y firmes en la cancha y el restaurante. Le gusta ser la autoridad en el fútbol y en el escenario.

Parece estar siempre en control. Y como toda persona con esta característica, da la sensación que algo que lo saque de esa zona de confort puede desatar un fuego en un cañaveral. Pero hoy eso no sucederá. El público canta las canciones junto a él (Serrat juega siempre en el equipo de "Una Que Sepamos Todos Fútbol Club").

A Bermúdez se lo nota contento. Por la tarde los insultos y por la noche los aplausos lo mantienen vivo.

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