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El regreso de Foucault: sexo, discurso, poder y cristianismo en el esperado cuarto tomo de una de sus obras clave

Michel Foucault

En 2018, más de tres décadas después de la publicación del segundo y el tercer tomo —y de la muerte de su autor—,  se publicó en francés el tomo 4 de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault, subtitulado Las confesiones de la carne. Con una rapidez encomiable, la editorial Siglo XXI empezó a distribuir en abril la traducción española, prologada por el especialista local Edgardo Castro, en lo que puede esperarse será uno de los lanzamientos del año. Se dice que Michel Foucault pidió explícitamente a sus amigos que se abstuvieran de publicar sus obras inéditas luego de su fallecimiento: sin embargo, dado que este volumen ya era accesible en alguna medida a los especialistas —Daniel Defert, pareja del autor, lo vendió junto con el resto del archivo de Foucault a la Biblioteca Nacional de Francia en 2013— sus albaceas decidieron que era momento de que llegara a un público masivo. Más allá de las casualidades y las decisiones editoriales, el momento no podría ser más oportuno.

La Historia de la sexualidad nunca quiso ser un mapeo de las prácticas sexuales a lo largo del tiempo. El proyecto se entiende mejor, como sus genealogías y arqueologías, a la luz de la relación sui generis que Foucault construyó a lo largo de su obra entre historia y teoría filosófica. Su concepción de la historia, escribe el especialista en Filosofía de la Historia Thomas Flynn, es radicalmente anti platónica e individualista en el sentido metodológico: en lugar de mostrar las continuidades, a Foucault le interesa llamar la atención sobre las rupturas.

En sus historias no hay fuerzas —ni, célebremente, un sujeto— que atraviesen las épocas y sirvan de hilo conductor para enhebrar momentos diversos: lo que hay es un conjunto de eventos que deben ser comprendidos, antes que disueltos en una falsa unidad. Foucault revalorizó el concepto de “evento” en una década en que era defendido fundamentalmente por los historiadores más tradicionales (contra autores de inspiración más comparativista o estructuralista que proponían una historia no orientada en torno de eventos), pero en el mismo movimiento también lo redefinió: para Foucault un evento, explica Flynn, no es una decisión, un tratado, un reino o una batalla, sino la inversión de una relación de fuerzas, la usurpación del poder, la apropiación de un vocabulario vuelto en contra de aquellos que alguna vez lo usaron o la entrada de un “otro” enmascarado.

Michel Foucault y Jean Paul Sartre en 1972, frente a la fábrica de Renault, en una manifestación exigiendo justicia por el asesinato de Pierre Overney
Michel Foucault y Jean Paul Sartre en 1972, frente a la fábrica de Renault, en una manifestación exigiendo justicia por el asesinato de Pierre Overney

Se puede pensar, entonces, que en el primer volumen de la Historia la sexualidad aparece como un evento entendido en este sentido enriquecido: una relación de fuerzas producida por una configuración política particular, que tiene características históricas particulares y una fecha de nacimiento. La “sexualidad” (las comillas son importantes, aclara el propio Foucault cuando entrecomilla el término) no sería entonces algo que siempre existió y se organizó de distintas maneras a lo largo de las épocas, sino algo que llegó a existir en un momento determinado y en condiciones determinadas; y que es, entonces, un hecho contingente, no una consecuencia necesaria de ningún destino divino, humanista o biológico.

El objetivo de la Historia…, especialmente visible en su primer volumen, no es entonces rastrear prácticas amatorias sino indagar sobre una serie de preguntas en torno al vínculo entre sexo, discurso y poder. Para delinearlas, Foucault comienza discutiendo lo que llama la “hipótesis represiva”: la idea de que la sexualidad es un impulso vital que la cultura —o el capitalismo, o la religión— ha venido a reprimir, de que la sexualidad fue alguna vez libre y luego atrapada. Foucault no niega que diversas autoridades han generado estructuras y tabúes con el objetivo de esconder o impedir el libre desarrollo de la sexualidad humana, pero le interesa correr el foco de eso que el poder impide y ponerlo, como en el resto de su obra, en aquello que el poder produce.

El poder produce discursos sobre sexo: de hecho, dice Foucault, el poder produce un sinnúmero de discursos sobre sexo. Tanto, que luego de que la confesión cristiana logró imponerse como hábito a los fieles no había suficientes confesores para escuchar a todos aquellos que querían contar sus pecados; tanto, que en el siglo XX les pagamos a médicos, psicólogos, profesionales de la salud y del sexo —los nuevos confesores— para que nos escuchen hablar de sexo una y otra vez.

Lo que se pregunta Foucault es, entonces: ¿cómo sucedió que el sexo se volvió discurso? Más aún, ¿cómo fue que el discurso sobre sexo se volvió la forma paradigmática del discurso verdadero, de la confesión? ¿Cuándo fue que empezamos a pensar que decir la verdad sobre el deseo era decir la verdad sobre el sexo, y que decir la verdad sobre el sexo era decir la verdad sobre las personas? Más que en sus tesis afirmativas, es en la elección de estas preguntas donde podemos encontrar el legado más interesante de Foucault para pensar la sexualidad.

“Historia de la sexualidad 4: las confesiones de la carne” (Siglo XXI)
“Historia de la sexualidad 4: las confesiones de la carne” (Siglo XXI)

Estas concepciones de la sexualidad, la historia y el discurso se construyen en contra de varios adversarios teóricos que dominaban la conversación durante los años en que Foucault escribía. En primer lugar, el enemigo principal de Foucault viene a ser el psicoanálisis: la “hipótesis represiva” es una referencia bastante poco sutil a las tesis fundamentales del psicoanálisis, al menos como Foucault las entendía. En segundo lugar, Foucault discute también con algunos marxistas freudianos (nombra, por ejemplo, a Herbert Marcuse): la orientación teleológica y optimista de gran parte del marxismo —la idea de que hay un sujeto de la historia que avanza hacia adelante a través de los acontecimientos, y que eventualmente la llevará a su fin— ya era suficientemente antipática para la metafísica de Foucault, para que además sumaran una asociación entre la hipótesis represiva y el advenimiento del capitalismo (es decir, la idea de que la sexualidad es reprimida en la época victoriana porque su libre ejercicio es incompatible con el capitalismo).

Para Foucault el asunto era más complejo y menos lineal: el biopoder, por ejemplo, fue dirigido por la burguesía sobre sí misma antes que sobre la clase obrera, que al principio quedó al margen de ciertos “progresos” de la medicina y la psicología. Y por último, el tercer adversario de Foucault —y en particular, uno que lo vuelve todavía hoy una lectura incómoda desde ciertos feminismos y teorías queer— fueron los defensores del amor libre, o más bien, aquellos que creían que hablar más y más de sexo, sin tapujos ni tabúes, sería aquello que traería la liberación. Para Foucault no había nada novedoso ni particularmente liberador en “hablar de sexo”: el modo en que cada vez se hablaba más de sexo no era más que otro capítulo de las complejas relaciones que emergían entre sexo, discurso, verdad y poder.

Michel Foucault
Michel Foucault

Luego de la publicación del primer tomo de la Historia de la sexualidad el proyecto de Foucault da un viraje inesperado: lo que iba a ser un recorrido temático en torno a distintas figuras clave de la sexualidad moderna (el niño que se masturba, la mujer histérica, los pervertidos, el control poblacional) se convirtió en un viaje hacia el pasado, en búsqueda de los orígenes históricos del anudamiento deseo-sexo-verdad. Los siguientes dos tomos, entonces, lidiaron con la antigüedad clásica y la formación de sus sujetos de deseo. Curiosamente, el cuarto volumen que acaba de publicar la editorial Siglo XXI es el único que se parece a uno de los tomos planteados en el proyecto original: al segundo, más específicamente, que iba a ser titulado La carne y el cuerpo e iba a problematizar el sexo en los primeros cristianos, en búsqueda de la prehistoria de nuestra experiencia moderna de la sexualidad.

Aunque terminó llamándose Las confesiones de la carne (más en línea con el vocabulario y los temas que fueron apareciendo a lo largo de la escritura de la Historia…, en particular con la centralidad del hábito de la confesión), los temas que aquí elige Foucault coinciden temporalmente con los que se supone iba a tratar en ese volumen. Podemos hipotetizar, incluso, que los tomos II y III (El uso de los placeres y El cuidado de sí mismo, respectivamente) surgieron del intento de escribir ese hipotético libro y la comprensión de que era necesario ir más atrás para entender en relación a qué y contra qué apareció el modo en que el cristianismo entendió la carne.

Así, en este cuarto tomo, nos encontramos con la invención más capital del cristianismo en relación con el sexo: la aparición del matrimonio como la unidad moral y sexual básica, y no ya como un instrumento para el cuidado de uno mismo. Si en la antigüedad el matrimonio y la procreación habían aparecido como convenientes para el hombre (porque ordenaban sus pasiones de modo que él no fuera dominado por ellas, porque el hombre es un ser social, porque le proveía compañía y cuidado para la vejez), es con el cristianismo que se empieza a entender al sexo como únicamente orientado a la procreación y pecaminoso por fuera de ella. Las dos clases fundamentales en que el cristianismo separa a las personas, para Foucault, serán entonces los casados y los vírgenes (una categoría casi nueva, por el peso que el cristianismo pondrá en la virginidad). De este modo se organiza el libro: luego de un primer capítulo que ahonda sobre las bases de esta nueva experiencia cristiana vienen dos, titulados simplemente “Ser virgen” y “Estar casado”.

Primera portada de “Las confesiones de la carne” de Michel Foucault
Primera portada de “Las confesiones de la carne” de Michel Foucault

La reflexión sobre el modo en que el cristianismo organizó el sexo sigue teniendo profunda vigencia en los debates actuales; pero ese no es el único aporte interesante que puede hacer la publicación de esta obra en este momento político particular. Foucault acompañó diversas luchas sociales como las de los homosexuales (aunque la etiqueta suene anticuada, es la que él hubiera usado), los presos y los encerrados en instituciones de salud mental, además de expresar su apoyo por opciones de izquierda en elecciones de su país; sin embargo, desconfió de las narrativas de emancipación y avance que hoy, a veces más modernos que posmodernos, reivindicamos como necesarias y posibles.

A riesgo de ser —como buenos modernos, diría Foucault— demasiado optimistas, quizás no sea necesario interpretar estas dos posiciones en términos de una contradicción. La Historia de la sexualidad, crítica pero jamás mesiánica, puede servirnos hoy en día como una especie de advertencia sobre la precariedad metafísica de nuestros feminismos y teorías de derechos: recordarnos que eso que a veces llamamos “avances” son conquistas históricas endebles, conversaciones políticas, no necesidades ontológicas o verdades inquebrantables y —mucho menos— incuestionables.

 

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