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    El regreso de Copi y su delirante teatro de marionetas

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    Copi como “Loretta Strong”, 1978. Foto: Tristan Jeanne-Valès

    La repatriación de Copi nunca termina, tal vez porque su obra vuelve poco relevantes tanto su país de origen como sus nacionalidades de elección. De conocerlo muy mal puede que un día pasemos a estar un poco fatigados de este autor entrañable. Mientras tanto, las tres obras que difunde el teatro Cervantes en este invierno porteño marcan un momento de equilibrio. Podemos comprobar, entre otras cosas, lo que cualquiera sospecha durante la lectura: cuán difícil es llevar a la escena sus piezas. Tenemos, además, la satisfacción de contar con nuevas y buenas traducciones de sus obras en español rioplatense. Y en este contexto, más de veinte años después del Copi de César Aira, aparece La lógica de Copi, un renovador estudio de Daniel Link.

    El día de una soñadora (1968), obra temprana de Copi que pronto volveremos a ver en adaptación de Pierre Maillet, contiene más de un eco del teatro del absurdo. Jeanne, su protagonista, recuerda la Winnie de Días felices (1961) de Beckett: en su memorable encarnación de ambos personajes, Marilú Marini refuerza la asociación. Pero lo que en Winnie es evocación tortuosa de una felicidad desvanecida, lo ocupa aquí la obsesión por llenar cada resquicio de un día agotador. Jeanne redacta su diario íntimo antes de ocuparse de la limpieza, del lavado de la ropa, del bordado. Tiene que preparar el té de la tarde, educar a su hijo, enterrar a los muertos (es tiempo de guerra, y su jardín está sembrado de cadáveres). Hay dos diálogos de antología, donde esta soñadora flirtea con un cartero y desvaría con un vendedor de melones. "La vida es como una velocidad, especialmente para un chico", le explica a su hijo. "Hay que correr a lo largo de la vida para llegar a morir al mismo tiempo que morimos", también le enseña.

    Marilú Marini en “El día de una soñadora (y otros momentos)”. Foto: Tristan Jeanne-Valès

    A partir de Eva Perón (1970), la velocidad se precipita y las piezas de Copi se transforman en un teatro en segundo grado. Temas como el peronismo, la transexualidad o el travestismo no deben distraernos del carácter metateatral de casi toda su dramaturgia. Lionel Abel explicó cómo el buen teatro siempre exhibe este rasgo reflexivo, y no por alguna veleidad barroca de simulación: más bien porque todo personaje de la escena moderna, a diferencia de los héroes de la tragedia griega, cuenta con el regalo envenenado de la autoconciencia.

    Carlos Defeo, Juan Gil Navarro y Benjamín Vicuña en “Eva Perón”. Foto: Mauricio Cáceres

    Es en La noche de Madame Lucienne (1985) donde el teatro de Copi cavila más complejamente sobre sí mismo, pero ya su Eva representa una forma extrema de la autoconciencia histriónica. "Por favor, no hagás un espectáculo de vos misma, querida", le pide Ibiza; "conmigo no hagás la comedia", le recrimina su madre. Eva Perón imagina su velorio en la CGT, pero no en cualquier parte: precisamente "en el anfiteatro grande". "Terminó la comedia", dice cuando parece estar a punto de morir. Y después se queja: "hasta la puesta en escena de mi muerte tuve que prepararla completamente sola". A esa altura importa poco que su cáncer sea real o fingido: lo decisivo es que su agonía implica un exacerbado despliegue actoral.

    Juan Gil Navarro, Rosario Varela y Benjamín Vicuña en “Eva Perón”. Foto: Mauricio Cáceres

    Cuando Eva le pregunta a su madre qué transmiten en la radio, ella le contesta: "Hablan todo el tiempo de vos. Pasan tu vida en la novela y después dicen que estás por morirte". Farsa trágica, radioteatro, la vida como novela… La obra de Copi tiene menos afinidad con las incursiones de Viñas, Walsh o Perlongher que con las epifanías malignas de Borges. Y no tanto con las que ofrece su prosa "El simulacro", sino con las de "L´Illusion comique" (1955), el ensayo donde Borges lamenta "el manejo político de los procedimientos del drama o del melodrama", mentando el peronismo a través del nombre de una tragicomedia de Corneille. Es que al peronismo, a su modo de ver, lo caracteriza el desdén por "los prosaicos escrúpulos del realismo". "Usted es shakesperiana", le dice Ibiza a la madre de Eva. Y su hija no lo es menos: Beatriz Sarlo habló del "frenesí isabelino" del crimen de la enfermera. Si le creemos a Bioy, Borges sostuvo que el propio Shakespeare hubiera sido peronista.

    Juan Gil Navarro, Rosario Varela y Benjamín Vicuña en “Eva Perón”. Foto: Mauricio Cáceres

    El libro reciente de Daniel Link logra desempolvar cada uno de los tópicos en torno a la obra teatral, gráfica y narrativa de Copi. Incluye, entre otros aciertos, una relectura de la novela menos apreciada del autor –La Internacional Argentina– y un análisis de cómo se reescribe la trama familiar en La vida es un tango. Al hilo de una decena de adjetivos ("hiperespacial", "neobarroca", "apátrida", etc.), cada capítulo va planteando eficaces desplazamientos del acento. Link señala que, en las ficciones de Copi, no hay que detener la deconstrucción en el análisis de la identidad sexual. El travestismo, sugiere, funciona como un dispositivo teatral de extrañamiento, a la manera de Brecht. "Hombre y mujer no son identidades, sino soportes de utilería para identidades imposibles", escribe con elocuencia.

    Hernán Franco y Juan Gil Navarro en “El homosexual o la dificultad de expresarse”. (Mauricio Cáceres)

    Al margen de sus riquezas, La lógica de Copi presenta también motivos para la discusión. No queda claro por qué el capítulo noveno repite pasajes textuales del capítulo tercero ni por qué, como si el libro recomenzara, se nos vuelve a contar allí quién fue Raúl Damonte, de quién fue hijo, cuál fue su primera nouvelle. Link reivindica la capacidad de Copi para "horadar todos los sistemas de clasificación", pero él mismo recae en etiquetas convencionales como la "razón neoliberal", la "fachada tecnocrática del capitalismo" o la "coacción moral del humanismo occidental y del capitalismo posindustrial".

    La alusión constante a las obras del ensayista Giorgio Agamben no ayuda a aligerar el tono. Copi tal vez aspiraba a volver reales las potencias de lo imaginario, pero la lectura de Link tiende a literalizar ese impulso. Así le otorga a su obra la capacidad hiperbólica de fundar una nueva antropología radical, una "cosmopolítica", una "a-teología"… Sin duda tiene razón cuando señala la matriz "anarco-nihilista" de su ficción, pero ¿no corre el riesgo de solemnizar su delirio?

    Hernán Franco y Juan Gil Navarro en “El homosexual o la dificultad de expresarse”. Foto: Mauricio Cáceres

    Copi aprendió a mirar el Río de la Plata con ironía y distancia y, entre sus lecciones enigmáticas, nos enseñó que el desapego también es un arte. Incluso en medio del horror escénico de El homosexual o la dificultad de expresarse (1971), el autor incluye un guiño metateatral cuando bautiza a uno de los personajes con el nombre de Feydeau. Conjura así el mundo vodevilesco de ese dramaturgo francés y a la vez nos insinúa que, en este melodrama ruso, nunca debemos olvidar el componente de farsa: ¿de qué otro modo podríamos sobrellevar una obra con ese título?

    Copi como “Loretta Strong”, 1978. Foto: Tristan Jeanne-Valès

    En un texto esencial, incluido en su libro El pase del testigo, Edgardo Cozarinsky destacó el momento en que los personajes comenzaban a emanar de la actuación de Copi, sin que nunca llegaran a existir de manera completamente autónoma. Digna del teatro de marionetas que alucinó Heinrich von Kleist, esta mezcla de compromiso y desapego tiene que haber surgido también de una forma de la conciencia escindida. En uno de sus relatos de Virginia Woolf ataca de nuevo (1983), un travesti contempla su cuerpo "del mismo modo que el titiritero considera a sus títeres, objeto de fascinación y turbio deseo para el espectador, pero con un alma alojada en realidad en el arte digital del maestro de títeres". Difícil de emular, este arte. Quedará como otro de los desafíos que Copi nos legó a los lectores, espectadores, actores, traductores y también a quienes ejercemos la crítica.

    Benjamín Vicuña en “Eva Perón”. Foto: Mauricio Cáceres

    * En el Teatro Nacional Cervantes se estrenaron la semana pasada dos obras de Copi: Eva Perón y El homosexual o la dificultad de expresarse. Las obras se presentan en programa doble de jueves a domingo a las 20, con puesta en escena de Marcial Di Fonzo Bo y las actuaciones de Carlos Defeo, Rodolfo de Souza, Hernán Franco, Juan Gil Navarro, Rosario Varela, Gustavo Liza y Benjamín Vicuña. El 17 de julio, llega el turno también para El día de una soñadora (y otros momentos), una adaptación y puesta de Pierre Maillet, con la actuación de Marilú Marini, acompañada al piano por Lawrence Lehérissey. Se presentará en cuatro únicas funciones los lunes 17, 24, 31 de julio y 7 de agosto a las 20.

    ** La lógica de Copi, de Daniel Link, fue editado por Eterna Cadencia (Buenos Aires, 2017).

    *** La editorial El Cuenco de Plata publicó el teatro completo de Copi, excelentemente traducido, en cuatro volúmenes.

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