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El profe de tenis que nunca falla y enseñó a miles en Roca

Carlos Bestvater solo para si el clima viene demasiado complicado

El profesor y su canasto de pelotitas se funden en una larga figura de un lado del court. Del otro, media docena de chicos que salieron de la escuela corren, gritan y pegan con sus mini raquetas. La escena se repite todos los días. Sólo cambian los protagonistas y horarios. Casi nunca se suspende: aunque haya viento o caigan unas gotas, la práctica sigue.

Carlos Bestvater tiene 59 años, lleva 44 dando clases y la mayoría de los roquenses que disfrutan o sufren un poco el tenis se formaron con él. Tiene un estilo pulido y durante sus clases no hay concesiones.



Elegante y de golpes certeros, “Carli”, como lo conocen todos, es metódico y detallista con la técnica, según describen los que pasaron bajo su radar. Al mismo tiempo lo definen como una persona flexible y de buen humor, pese a que de lejos se lo ve serio. Cuentan que su frase preferida es: “el tenis es fácil, no sé por qué lo complican tanto”.

Trabaja ocho horas por día y es difícil calcular cuántos alumnos tuvo a lo largo de su trayectoria. El cree que fueron cerca de 3.000.

Carli llegó a la profesión de casualidad. Corría el año 1972 y estaba de vacaciones en Mar del Plata, caminando por la vereda del Club Náutico. Vio que su madre, a la que califica de “entradora y muy charlatana”, hablaba ligustrina de por medio con un viejito. Le cuenta que son del Alto Valle de Río Negro y que les gusta el tenis. El viejito en cuestión no es otro que Felipe Locicero, profesor de Guillermo Vilas, ya en camino de convertirse en figura mundial del tenis.

Don Felipe lo hizo entrar al club y le dio clases toda una semana. Volvieron a Roca y quedó a la vista que su estilo moderno hacía diferencia. Tenía 12 años y a los 15, varios jugadores mayores con los que se cruzaba en cancha le preguntaron si no se animaba a darles clases. No dudó y se convirtió en profesor. Ahora sus alumnos grandes les traen a sus hijos para que les enseñe.

También encordó raquetas, para hacerce unos mangos extra y poder ir a los boliches los fines de semana. Más tarde estudió ingeniería y llegó hasta quinto año. Esos conocimientos de física y matemática le permitieron dar clases por partida doble: la técnica se mezcla con la física. Sólo él puede calcular el buen uso del viento patagónico en la fuerza de la pelota . De allí a que los que lo sufren en las canchas se quejen por sus golpes milimétricos, a las lineas.

Recuerda que en sus comienzos el tenis era para pocos. Pero pasó el huracán Vilas y el deporte de élite se transformó en popular. Luego, en los ‘90, aparecieron las hazañas de Gabriela Sabattini. Sus clases se llenaron de mujeres y superaron a los varones en número.

Se identifica y prefiere las prácticas orientadas a lo formativo, más que a la competencia, porque la gente busca aprender y es todo más relajado. “En la parte competitiva suelen aflorar los problemas de personalidad, el malestar que genera no lograr el éxito rápido”, resumió.

Formó también a muchos profesores de tenis, ya que fue instructor de la Asociación Argentina del deporte.

Carlos es padre de tres hijos y ya no tiene a su fiel perro ovejero Boby, que lo acompañaba en las clases. Su vida no es sólo tenis. El enduro, jugar al fútbol y la pesca lo divierten y despejan. Desde marzo se sumó a la práctica de golf, pero la técnica y el cambio de palos lo tienen inquieto: la pelotita todavía no va a donde él quiere.

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