Noticias De Bariloche

El fin de la colectora destituyente

Ustedes eran muy chicos y seguro que no se acuerdan, pero Graciela Fernández Meijide ganó una vez las elecciones en la provincia de Buenos Aires y debió haber sido su gobernadora. Acompáñenme a recordar esta triste historia para que no se repita, ya que tiene muchas resonancias hoy. Es la historia de siempre, la del peronismo cargándose a la democracia en nombre la democracia. La historia que supimos conseguir y de la que estamos tratando de salir, una vez más.

Corría 1999 y el peronismo menemista había dejado atrás sus mejores días. Los fastos de los cuatro años triunfales de la Convertibilidad habían pasado, el rebote posterior al tequila se había extinguido, la tarjeta de crédito nacional estaba otra vez reventada y los argentinos hacíamos lo habitual: buscar una salida a las consecuencias sin hacernos cargo nunca de las causas. Fue entonces que Graciela Fernández Meijide se presentó como candidata a la gobernación y su lista, la de la UCR y el Frepaso, fue la más votada en las elecciones generales del 24 de octubre. La boleta de la Alianza Meijide-Posse recibió entonces 2.996.483 votos, mientras que la siguiente, la de Ruckauf-Solá, obtuvo 2.712.218 preferencias. ¿Cómo es que Ruckauf terminó siendo gobernador y prolongando la hegemonía peronista que desde 1987 hasta 2015 destruyó la provincia?

El truco es simple, se llama ley de lemas, y ha sido abolido en todos los regímenes democráticos. Consiste, básicamente, en que una misma fórmula pueda ir colgada de varias boletas. En este caso, de la fórmula Ruckauf-Solá se colgaron la colectora con los candidatos a legisladores de Acción por la República, el partido de Cavallo, que aportó 422.100 votos, y la colectora de la UCedé, que agregó 367.542. Con lo que —gracias a la ley de lemas— Ruckauf superó a Graciela Fernández-Meijide. Aquel “triunfo” de Ruckauf fue el que prolongó la hegemonía del Pejota bonaerense que ya había dado de gobernadores a Cafiero y a Duhalde (dos períodos), dejando además abierta la puerta a Solá y a los dos períodos de Scioli, y los bonaerenses de buena voluntad tuvieron que esperar dieciséis años, hasta 2015, para tener a Vidal de gobernadora. Es de notar, nadie se ofenda, para quién jugaron aquella partida decisiva de 1999 Cavallo y los “liberales” de la UCD; así como la existencia de otro candidato decisivo a la hora de dividir; Luis Patti, que se llevó 565.408 votos; y la presencia de un oscuro personaje escondido en el séptimo puesto de la lista de Ruckauf: un tal Sergio Massa. Todo pasa y nada cambia. Peronismo renovador.

Más interesante aún es recordar las consecuencias de aquella matufia. Llegado 2001, con el peronismo victorioso en las legislativas, habiendo el peronista Chacho Álvarez renunciado a la vicepresidencia, con una Convertibilidad que hacía agua por todos lados pero contaba aún con el apoyo del 80% de los argentinos y después del récord de ocho paros generales en dos años que la CGT le hizo a De la Rúa, sería la presencia de Ruckauf en la provincia el factor decisivo que signaría la caída del gobierno nacional. Con 37,3% de pobreza y el gobierno jaqueado por la oposición peronista, se puso en marcha el Manual de Saqueos, Violencia y Desestabilización peronista que la presidente Cristina Kirchner denunció por cadena nacional en diciembre de 2012. Primero, Ruckauf pagó los sueldos estatales con patacones; después, los punteros del Pejota organizaron las bandas y los intendentes pejotistas se pusieron a la cabeza de las caravanas; finalmente, la Bonaerense decretó zonas liberadas y el gobierno de la Alianza se cayó, dejando 38 muertos atribuidos a De la Rúa cuando 31 de ellos murieron en provincias gobernadas por el peronismo. ¿El récord? Once muertos en la Buenos Aires de Ruckauf.

Un año después gobernaban Duhalde, el país, y Solá, la provincia; con récord histórico de pobreza (57,5%) y desocupación (21,5%), pero —misteriosamente— sin paros generales, ni patacones, ni punteros organizando hordas, ni caravanas saqueadoras. ¿La Bonaerense? La Bonaerense no dejaba ya zonas liberadas “para evitar muertes”, como en 2001. La Bonaerense era ya la Bonaerense de Solá y de Duhalde. La de Kosteki-Santillán.

El control de la provincia por parte de un peronismo que había perdido las elecciones provinciales y nacionales, pero fue capaz de imponer su colectora destituyente en Buenos aires, fue clave en la destitución cívico-policial de De la Rúa. Y fue también el origen de los catorce años de peronismo absolutista que lo siguieron; y que desaprovecharon la mejor oportunidad internacional que tuvo la Argentina desde su existencia y dejaron un saldo de pobreza, infraestructura destruida, desabastecimiento energético, corrupción galopante y destrucción institucional; con la mafia del narco entrando en todos lados. Sería bueno recordarlo en octubre, ya que de todas las elecciones en que se juega la continuidad de la salida del populismo le tocará bailar con la más fea a María Eugenia Vidal.

La ley de lemas es un truco antidemocrático cuyo objetivo es permitir la llegada al poder de partidos especializados en mezclar el agua y el aceite. La Triple A y los Montoneros, los Pejotas feudales y La Cámpora, los Aldo Rico y los Kunkel, la UCD y el peronismo bonaerense; en beneficio de garrochistas de alto vuelo como Massa y Solá. Pero el sistema de los lemas y las colectoras es aún más incompatible con la ley electoral sancionada por el mismo peronismo en 2009, que prevé las PASO como instancia unificadora de las candidaturas. Es por eso que el reciente decreto 259/2019 sancionado por el Presidente, derogatorio del 443/2011 por el cual Cristina habilitó las colectoras, es una innegable mejora institucional.

Es cierto, como argumenta el peronismo, que la Constitución prohíbe que el Poder Ejecutivo modifique el régimen electoral por decreto. Pero ese justo criterio se aplica en primer lugar al decreto de Cristina de 2011, cuyo contenido era violatorio de la misma ley electoral establecida por la mayoría peronista-kirchnerista en 2009, que en su artículo 22º establece: “Los precandidatos que se presenten en las elecciones primarias solo pueden hacerlo en las de una sola agrupación política”. En otras palabras, el peronismo que después de décadas de fechorías se despierta hoy como inefable custodio de la regularidad constitucional, fue el único que violó la prohibición de modificar el régimen electoral al establecer por decreto colectoras y ley de lemas (es decir: un candidato que lo es de varias agrupaciones políticas que se presentan con sus propias listas a la misma elección). Anular aquel decreto inconstitucional mediante otro no implica modificar la ley sino impedir su violación.

Es el fin de la colectora destituyente del Pejota bonaerense. Los barones del conurbano se quedan así sin as de espadas que hacer pender sobre la cabeza de los gobiernos nacionales. De la Graciela de ayer a la María Eugenia de hoy pasaron dos décadas; dos décadas en las que aprendimos y cambiamos. Gracias a eso, este será el primer gobierno civil no peronista que termina su mandato desde 1928. Y si la ciudadanía acompaña, habrá mucho que mejorar en el régimen electoral a partir de 2020. Por ejemplo, avanzar con la reforma política presentada en 2016, que —entre otras cosas— cambia el régimen de boletas partidarias por el de boleta única. Por ejemplo, sancionar una nueva ley de fueros que limite los abusos propiciados por el peronismo en beneficio de Carlos Menem y Cristina Kirchner, rompiendo además el pacto senatorial de poder e impunidad. Por ejemplo, modificar la ley de financiamiento de los partidos políticos, obligándolos a bancarizar y transparentar los aportes. Por ejemplo, imponer la ley de “boleta limpia”, que impide que candidatos multiprocesados y con prisión preventiva puedan presentarse a elecciones con el objeto de obtener fueros. Son todas iniciativas que la mayoría peronista ha cajoneado en el Congreso. Sería bueno que tomaran nota ciertos politólogos que posan hoy de puristas pero salen en la foto con los quemaurnas de las candidaturas testimoniales. Una vez más, para variar.

El autor es diputado nacional (Cambiemos).

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