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El abrazo del ángel

Rembrandt y Baruch Spinoza
Rembrandt y Baruch Spinoza

La familia Spinoza conocía de exilios. Expulsados de España en 1492 llegaron a Portugal, siguieron a Nantes, hasta asentarse finalmente en Holanda. El judío sefaradita Miguel de Spinoza se instaló en Ámsterdam en el antiguo barrio judío Vlooienburg, cerca de la actual plaza Waterlooplein. En 1632 nace su hijo Baruj, quien debió conocer el exilio dentro de su propia comunidad, al ser excomulgado en 1656 por la rebeldía de tener demasiadas preguntas fuera de su tiempo. Recién siglos más tarde sería reconocido por figuras como Hegel, como el padre del pensamiento moderno.

Apenas a una cuadra de allí sobre la misma Jodenbreestraat (la Calle de los Judíos), en 1639 se mudaba un joven artista, quien pasaría a la posteridad como uno de los más grandes maestros del barroco y el más importante artista de los Países Bajos, Rembrandt Harmenszoon van Rijn.

Spinoza y Rembrandt no sólo eran vecinos. Compartían también la fascinación por los textos bíblicos. Mientras uno los estudiaba, el otro los pintaba.

Spinoza tenía serias dudas acerca del origen de esos relatos. ¿Acaso eran verdaderas las historias de la Biblia? Su teoría de que la Biblia es el resultado de varios escritores de diferentes tiempos, enlazados por la mano de un editor muy posterior, le valió el exilio. Uno de los pasajes del texto bíblico que utilizó para sustentar su idea es el que leímos esta semana. Corresponde al momento en que el patriarca Jacob lucha con un ángel, quien le cambia el nombre de Jacob por Israel. En el relato siguiente el texto vuelve a nombrarlo como Jacob, incongruencia que toma Spinoza como ejemplo de su lectura crítica (Tratado Teológico Político Cap IX).

Jacob, distanciado de su hermano Esav después de más de 20 años de haber huido de su casa, está de regreso. Debe enfrentarse a su historia: haber escapado luego de engañar a su padre ciego, arrebatándole la bendición que en verdad correspondía a su hermano mayor, Esav. Es tiempo de reencontrarse con las sombras que lo acosan desde el ayer. Jacob se entera de que su hermano viene a su encuentro junto a cuatrocientos hombres. Está aterrado. Es la sensación de angustia que genera el no saber a qué nos vamos a enfrentar. El temor al peligro, a la incertidumbre.

Jacob decide enviar mensajeros que el texto sugiere como ángeles, para calmar a su hermano. En medio de la noche Jacob se queda solo. Es entonces cuando aparece el ángel con quien luchará. Una de las interpretaciones del Midrash (Bereishit Rabbah 77:3) propone que este ángel había sido enviado a su vez, por su hermano Esav.

Ambos hermanos envían su ángel. Cada uno de ellos sabe que debe afrontar cosas diferentes. Como nosotros, tantas veces. Esav debe enfrentar la desilusión, la traición. Así como cuando esa persona de quien no lo esperábamos, nos arrebata aquello que no volveremos a tener. Cuando lo que no debiera haber ocurrido, hiere nuestro alma. Situaciones que nos dejan atados al pasado. Cuando a la fuerza nos hacen cambiar nuestras expectativas, por la pérdida de la fe. A todo eso debe enfrentarse Esav.

Jacob mientras tanto debe enfrentarse a sus miedos, al temor que lo paraliza y que tiene frente a él. Jacob debe enfrentarse a su presente. A la coyuntura, al pánico que le genera hacerse cargo cara a cara de sus responsabilidades. Uno atado al pasado, el otro con miedo ante su presente, y ambos sin poder avanzar hacia el mañana. Entonces, envían al ángel que tienen. No a otro, envían a su ángel. Se envían a ellos mismos, pero diferentes.

A una cuadra de distancia en donde Spinoza desmenuzaba el texto, Rembrandt pintaba la misma escena en una de sus obras más bellas. La imagen del “Jacob luchando con el ángel” de Rembrandt, nos habla no sólo que debemos enfrentarnos a nuestros miedos o desilusiones, problemas o traiciones al alma, conflictos o desengaños, coyunturas o pasados, sino sobre cómo enfrentarlos de manera sabia.

Son muchos los artistas que han retratado esa escena. Doré, Delacroix, Bonnat y Leloir. Todos ellos muestran a un robusto Jacob luchando con un poderoso ser angélico que intenta doblegarlo. Pero Rembrandt es único. En su obra se lo ve a Jacob con los ojos cerrados apoyado sobre el pecho del ángel, mientras éste no lo mira con odio, ni con bronca. Su rostro no denota miedo, ni lucha. El rostro del ángel es de contención, de comprensión, de amor. Es un rostro lleno de paz. Las únicas manos que se ven son las del ángel agarrándolo a Jacob. Pero esas manos lejos de de ser agresivas, lo abrazan, lo contienen, lo perdonan.

Quizá no sólo debemos tener el coraje de enfrentar nuestros miedos y problemas, sino que debemos aprender a abrazarlos. Cuando tenemos algo frente a nosotros que no sabemos cómo resolver o de qué modo responder, cuando no logramos comprender el por qué de lo que nos hayan hecho, debemos aprender abrazarlo, a sentirlo propio. Al abrazar aquella historia del ayer o a este conflicto del hoy, el otro cambia, y uno cambia. Cambia la forma de dialogar, de comprender, de priorizar, de vivir más liviano, de vivir. Abrazarlo es aceptarlo como parte nuestra y entonces avanzar hacia nuestros propósitos más sagrados. Abrazarlo es empezar a mantener un diálogo con ese problema desde otra estrategia, con otra mente y un alma nueva. Es comprender que la bronca, el dolor, el odio o el rencor, pueden ser totalmente justificados y causar varias cosas, pero arreglar muy pocas.

Cuando abrazamos el problema desde otra mirada, con otro rostro, desde otra perspectiva, con otro alma, el problema cambia, el presente cambia, el pasado cambia, y por sobre todas las cosas, cambia nuestra vida.

Amigos queridos, amigos todos.

Si Rembrandt viviera en mi barrio iría a abrazarlo, a agradecerle, y le compraría la pintura. Si Spinoza viviera en mi barrio, también iría a abrazarlo y le diría que no tiene de qué preocuparse. Le diría que las historias de la Biblia son de las más verdaderas que puedan existir. Que si hay algo que las hace tan increíbles y dramáticamente reales, es que son historias que nos pasan a cualquiera de nosotros, todo el tiempo. Tener que enfrentarnos a nuestros miedos, a situaciones que aparecen y que no tendrían que haber sucedido, a las crisis que hacen que se nos modifique la agenda, o aquellas personas o situaciones que sentimos que nos desilusionaron tanto. Tener que enfrentarnos a nuestro presente. Tener que enfrentarnos a nuestro pasado.

El pintor francés Marcel Duchamp dijo: “Contra toda opinión, no son los pintores sino los espectadores quienes hacen los cuadros”.

Hasta aquí espectadores, ahora es tiempo de pintar el propio cuadro. Aprender a abrazar nos ayudará a transformar lo abrazado y a nosotros mismos, para entonces escribir o pintar nuestra historia como la más grande de las obras de arte.

El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti

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