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Educando una ciudadanía democrática

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Crisis de valores y sus consecuencias. Un título muy escuchado y repetido que hoy suena a viejo. Opiniones hay para todos los gustos: "Recuperar los valores tradicionales perdidos", "necesitamos crear una ética adecuada a la realidad del siglo XXI". Poco de esto nos impacta: a duras penas levantamos la mirada del celular para cruzar la calle. Los problemas son la corrupción, la violencia, la justicia judicial, el trabajo que no tenemos. La culpa es del otro, y mientras seguimos haciendo lo de siempre, esperamos que rápidamente ese otro haga algo, lo que sea, para que la situación mejore. Algunos más modernos hablan de la necesidad de un cambio cultural, pero pocos se atreven a definirlo y menos a iniciarlo. Afirmo enfáticamente que hablar de valores y conductas, y educar en ellos, constituye un paso fundamental hacia los cambios y las mejoras que necesita nuestro país. Y que cada argentino, cualquiera sea al ámbito en el que viva o se desempeñe, puede y debe formar parte de este proceso.

Dice la filósofa española Victoria Camps que lo que caracteriza a nuestro tiempo no es tanto una crisis moral profunda, sino una desorientación sobre cómo transmitir una serie de valores que no dudamos en tener por básicos y fundamentales. De acuerdo, pero hasta ahí. Algunos conocemos o percibimos cuáles son esos valores porque los recibimos en la escuela o en nuestro hogar y ejercitamos algunos de ellos. Pero esto no hace suponer que sea así para todos, ni que exista un repertorio común a todos y que nuestro actuar no responda a un cóctel de valores cívicos, creencias religiosas o ideológicas y simpatías políticas. Por otro lado, niveles desproporcionados de desigualdad, exclusión y pobreza violentan cualquier escala de valores y, en consecuencia, el actuar cotidiano y los hábitos. No podemos ni resulta prudente generalizar. Es por ello que los valores a los que me referiré son únicamente aquellos que pueden conformar una ética cívica de mínimos valores democráticos y republicanos que se basan en el respeto de la ley que deberíamos compartir y servir de base de nuestras acciones. Evidentemente, la educación en valores que aliento es un complemento de otras reformas estructurales igual de necesarias.

La modernidad nos habla de libertad, igualdad, fraternidad y del reconocimiento de la dignidad fundamental del ser humano. De estos derivan otros ideales como la tolerancia, la convivencia, el respeto mutuo, la solidaridad, el cumplimiento de las leyes, el respeto de los derechos humanos, la responsabilidad por los actos propios y la justicia. Por otro lado, valores necesarios para el desarrollo como el éxito, la eficacia, la competencia y la rentabilidad económica, librados a su propia libertad, sin un punto de contacto con valores antes mencionados, no han servido para desarrollar sociedades más justas, pacíficas y con menos desigualdades. El derrame no llega. Lo que sí alcanza a todos son las consecuencias negativas de la explotación de los extremos: de la utilización negligente y artera del discurso de los valores éticos para el beneficio de unos pocos y del exceso de individualismo, egoísmo de aquellos otros valores más mundanos y tangibles.

Entre estas aguas navegamos. Necesitamos obras, infraestructura, inversiones, competencia, comercio, trabajo, apertura al mundo y cumplir nuestros sueños individuales, pero también necesitamos desarrollar una sociedad más justa y equitativa, más equilibrada y con menos desigualdades. Para que estos objetivos puedan realizarse genuinamente y no sucumban ante el primer cambio de gobierno o escándalo de corrupción, resulta indispensable un núcleo de valores éticos comunes y compartidos llevados a la práctica en el actuar cotidiano de cada uno de nosotros. Se trata de un requisito básico para generar la confianza, la credibilidad, la seguridad personal y jurídica que los argentinos y el país necesitan. La cuestión aquí y ahora es descubrir qué hay que hacer para que los valores éticos y cívicos se traduzcan en conductas y hábitos de la vida cotidiana.

Quizá algunos consideren que ya se les pasó la hora y estén dispuestos a seguir pagando los costos que significa vivir de espaldas a la ley. Pero pensando en los millones que tenemos esperanza y, sobre todo en la juventud, ¡eduquemos en valores! En los hogares, en el trabajo y, por sobre todo, en la escuela y con el ejemplo. El cambio cultural, la verdad, la disposición al diálogo y el consenso no se adquieren y transmiten por ósmosis o por declamación. No hace falta ser demasiado pretenciosos: avancemos con los objetivos y los valores recogidos por la ley de educación nacional 26206. Analicemos las currículas, sus marcos teóricos y el contenido de los materiales que llegan a los chicos. Formemos una ciudadanía con aquellos valores democráticos mínimos que sirvan para fortalecer las bases sobre las que construir la República, nuestros proyectos particulares y la sociedad más justa, pacífica y equitativa que decimos merecer. Actuemos en consecuencia.

El autor es embajador argentino ante Mercosur y Aladi, Programa JUSTO VOS, Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

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