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Daniel Hendler sobre el lenguaje inclusivo: “En un año ya ni te das cuenta y estamos todos hablando así”

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"Hay algo de pesadillesco en esto de subirse a un escenario", avisa Daniel Hendler, y cuenta el sueño recurrente que tienen muchos actores: cuando están a punto de reestrenar una obra, se encuentran desnudos, sin el vestuario, o bien se olvidan la letra. "Quizás es tratar de superar un miedo lo que nos invoca a actuar", reflexiona en esta charla con Teleshow, en la que recuerda cuál fue la peor función de su vida. Y también, cuál fue la mejor.

Actor y director, por estos días Hendler protagoniza Ping Pong, una obra que aborda distintas inquietudes sobre el amor, mezcladas con problemáticas terrenales que explotan de humor. Allí, junto a Laura Cymer interpretan a una pareja que por momentos resulta incompatible, pero también se necesitan, y parecen estar imantados: "Aparece la pregunta de qué es el amor, si es una necesidad, una compatibilidad o una química inexplicable. En esas idas y vueltas también empiezan a ponerse en relieve esas diferencias de idiosincrasia, el machismo del personaje masculino, el feminismo del personaje femenino, y empiezan a chocar sin solución", dice sobra la obra dirigida por Verónica Llinás.

Ping Pong se presenta de jueves a domingo en el teatro Regina.

Ping Pong se presenta de jueves a domingo en el teatro Regina.

—En Ping Pong, si bien es Rita (Laura Cymer) la que quiere experimentar, es tu personaje el que tuvo en silencio un acercamiento homosexual, y ahí se da un enfoque muy interesante.

—Sí, y está bueno porque es una obra que fue escrita hace más de 20 años, que nosotros aggiornamos. Situaciones que estaban planteadas por ahí más desde una risa que podía rozar la homofobia, nosotros las adaptamos a otro lugar porque no solamente no nos reímos de eso, sino que me parece que vale la pena reírse de la homofobia. Hay ahí una vuelta de tuerca que hizo Verónica como adaptadora, que es ya no convocar al espectador a su parte homofóbica, sino a reírnos juntos de la homofobia. Si bien es una obra irreverente y bastante incorrecta o desastrosa a nivel de protocolos, de lo que está bien o está mal decir en una obra de teatro, está bueno reflejarnos en nuestros prejuicios.

—Aparece mucho la cuestión de género en la obra, y te leo en Twitter apoyando el feminismo.

—Sí, por supuesto. Me parece que es un momento importante y que como todo cambio, que es difícil cuando es un cambio real y no decorativo, conlleva movimientos, y todos los movimientos por ahí también traen aparejados excesos. Pero creo que esos excesos son costos necesarios para un cambio. Ojalá este movimiento se profundice.

—Estamos en pleno debate en el Congreso por la legalización del aborto. ¿Estás a favor?

—Sí, claro, claro.

—¿Sos feminista?

No sé si se puede ser feminista siendo varón. Y además, no sé si queda bien que uno mismo… En todo caso, ser feminista es algo bastante elevado como para uno arrogárselo. Estoy de acuerdo y miro con entusiasmo al feminismo, pero no sé si vale como varón ser feminista, en el caso de que valga sí. Tuve una educación machista no necesariamente porque mis padres fueran machistas sino porque pertenezco a una sociedad patriarcal. Y ante la pregunta de si somos feministas o no, también hay que decir que, claro, tenemos arraigados valores machistas que hay que trabajar para también sacarlos y cambiarlos. En ese trabajo sí puedo decir: "Sí soy feminista; estoy, apoyo y creo que todos debemos estar en el camino feminista".

—Como papá, ¿te cuidás de no transmitirles esos valores a tus hijos?

—Por supuesto, pero ellos también traen cosas nuevas y enseñan desde su mirada. Está bueno porque a veces en el discurso es mucho más fácil que en la acción. Da gusto ver cómo los niños traen ideas ya diferentes a las que teníamos nosotros cuando éramos niños.

—En general no te ha gustado exponer tu vida privada: lo padecés un poco. ¿Cómo se maneja?

—A veces genera que uno prefiera no meterse en algunas zonas. Lo que a mí me llevó a ser actor y director fue lo que me gustaba ver teatro y cine. En la escuela de teatro no te enseñaban otra cosa que el oficio del actor, y cómo es construir un personaje. Todo esto que rodea al mundo del espectáculo y lo mediático, que también es algo muchas veces necesario, es la parte con la que no me es tan cómodo lidiar. Pero también hay una parte donde a uno le gusta ser reconocido y mirado. No lo voy a negar.

—Cuando empezaste a fantasear con ser actor, ¿la fama no pasaba por esa búsqueda?

—No, pero también sí: tenía un poquito como de esa fantasía de ser mirado, reconocido, aplaudido. Sí, una dosis de eso había por supuesto, sino dudo que hubiera tenido el temple para subirme a un escenario.

—¿Cómo está tu rol de director?

—Bien. Ahora tengo algunos proyectos de dirección: estoy terminando una serie web, Los demonios, que va a estar en UN3 TV y en TV Ciudad de Montevideo. Voy a dirigir una obrita en microteatro, en septiembre.

—Y ya hay dos largos: El candidato y Norberto apenas tarde. Conviven el director y el actor: ¿ambos siguen dando el mismo placer?

—Sí, son experiencias bien diferentes que me problematizan también por lugares diferentes, pero que con el tiempo cada vez disfruto más. La dirección la disfruto con más estabilidad que la actuación, que tiene muchas aristas, que pone en juego todo el tiempo cuestiones de autoestima, de mirarse de afuera, de las inseguridades, los miedos, la pesadilla de enfrentar al público. Es como si el hecho de subirse a un escenario a actuar fuera básicamente representar a la pesadilla de todo actor. Yo creo que hay algo de eso en el deseo de ser actor: enfrentar la pesadilla. Hay algo muy curioso: todos los actores tenemos una pesadilla común que es que se reestrena una obra de teatro, y descubrís que bien no encontrás el vestuario y estás desnudo, o bien que te olvidaste la letra. Es algo complejo y quizás es tratar de superar un miedo lo que nos invoca a actuar.

—¿Te pasó alguna vez olvidarte la letra?

—Sí. Quedar en blanco.

—¿Y qué hiciste?

—Solo pasó más de una vez. En general tu compañero, compañera, compañere, o compañerx.

—¿Hablas así? ¿Te gusta el lenguaje inclusivo?

—Bueno, ahora estoy tratando pero al principio sí, uno dice: "Es raro". Pero bueno, está bien, si se impone y hablaremos de a poquito, sí. Todo lo que parece imposible después, de a poco, uno… en un año ya ni te das cuenta y estamos todos hablando así.

—¿Pero acordás con esta modificación del lenguaje?

—Me parece interesante planteárselo. Justo Verónica Llinás el otro día planteaba un par de opciones: una era más a lo catalán, sacar la vocal y que sea compañers en vez de compañeros o compañeras, o directamente establecer lapsos de tiempo. Durante un tiempo se usa el masculino, durante un tiempo el femenino. Pero me parece que ya el planteárselo está bien.

—¿No cambia el foco del problema?

—Pero no sé si es por ahí que hay que ahorrar en acción. Porque decís: "Sí, por ahí hay focos que pueden ser más angustiantes que esa palabra, que el uso del masculino o del femenino". Pero no es algo que tampoco nos vaya a traer algún… Son épocas de transición.

—Entiendo que tiene que ver con la época de transición y que toda revolución debe ir más allá para que las cosas cambien. Lo interesante es lo que viene después.

—Lo que trae aparejado de discusión y de pensamiento, ya el hecho de que alguien se detenga cada vez que va a usar el masculino a pensar por qué lo está usando y de dónde viene, está bien. Después, no sé en qué desembocará. A mí en principio me parece que por lo menos es divertido planteárselo.

Daniel Hendler en los estudios de Infobae (Crédito: Santiago Saferstein)

Daniel Hendler en los estudios de Infobae (Crédito: Santiago Saferstein)

—¿Te acordás de la peor función de tu vida?

—En mi debut teatral. Esa fue la mejor y la peor al mismo tiempo porque reemplazaba a un actor en una obra que era mi sueño. En el estreno, habíamos tenido poco tiempo para ensayar, y salí con el pantalón, fui al baño y me subí el cierre, se rompió el cierre, quedó abierto, me fueron a buscar un alfiler de gancho rápido y con la música ya sonando en la obra que además era una obra alucinante, funcionaba como un relojito. Salí y me temblaba la cabeza. Tenía que hacer unas jugadas de ajedrez con mi partenaire, que era mi maestro, y mi personaje coqueteaba con este hombre y con su madre. Yo movía las piezas con mucha soltura y destreza y de los nervios tiré todas las fichas de ajedrez al piso en una obra que no admitía eso. Ahí mi compañero partenaire, mi maestro, empezó a temblar, y yo sentía que me temblaba la cabeza y que se veía y no podía pararlo. Después me dijeron, que no se notaba pero la pasé realmente muy mal.

—¿Qué obra era?

Rompiendo códigos. Cuando terminó, el actor pidió un aplauso especial para mí, que era mi debut teatral, y creo que también fue como una forma de justificar esos accidentes. Fue muy emocionante, pero en el momento en que pasó dije: "Nunca más voy a poder actuar". Fueron varias funciones en las que me costó poder agarrar la pieza sin temblar.

—¿Todavía hay, realmente, un deseo de huir antes de cada estreno?

—Sí. A todos los actores nos pasa. Es medio inexplicable pero no entendés por qué tantos nervios.

—En El candidato, te ocupaste de aclarar que no hacías referencia a ningún político en particular. Acá lo han adjudicado a Mauricio Macri; en Estados Unidos estaban convencidos que era Donald Trump. Vos explicaste que esto se hizo mucho antes, pero hay algunas referencias.

—Sí. Bueno, hay claras referencias, bromas que en su momento, como fue escrito en 2011, era una época donde nadie se imaginaba, todos los periodistas, incluso los que hoy parecen apoyar a este Gobierno o no cuestionarlo, nadie se tomaba muy en serio a quienes hoy están gobernando. Es verdad que la hemos presentado en muchos lugares. En Francia también decían: "Es Macron". En Miami nos dijeron: "Es Trump", pero con convencimiento. Algo bien hicimos ahí porque si bien es un tipo de personaje, de representante de la política o de un títere de otros intereses que lo llevan a la política, se ve que sí, que se reproduce y se replica en muchos lugares.

—En ese momento en alguna nota dijiste, en referencia a los políticos: "Estoy convencido de que cuando se van a dormir no sienten ningún remordimiento ni ningún interés por los desastres que están haciendo".

—Y sí, porque la única esperanza que uno tiene es que se despierten sobresaltados en medio de la noche a decir: "Me quedan tantos años de vida, ¿por qué no los dedico a hacer algo bueno?". Y eso no pasa. Supongo que hay una capa de negación muy importante para poder sostenerlo porque no es que decidieron ser malos: yo creo que son parte de un sistema bastante oscuro en el que están totalmente atados. Si se despertara alguno de ellos con el deseo de hacer algo bien, no puede, porque quienes los llevaron ahí, los pusieron ahí, los intereses que los están sosteniendo y toda la problemática alrededor de ellos, les impediría hacer algo bien.

—¿Pero pensás que creen en el modelo que proponen? La derecha en general, hacia donde más cuestionás, ¿cree en el modelo que propone o es un tema de intereses particulares?

—Seguramente la negación ayuda a creer cualquier cosa, sí.

—¿A quién llevarías al teatro para dirigirlo?

—En general no me gustan los políticos pensándolos como actores, aunque muchos toman clases de teatro. Pero no, prefiero a los actores, amo a los actores.

—¿Los argentinos queremos más a los uruguayos de los que los uruguayos nos quieren a los argentinos?

—No, yo querría desmitificar esto porque en realidad en el Mundial se escuchaba mucho: "Nosotros vamos a hinchar por Uruguay ahora que quedamos afuera y ellos nunca hinchan por nosotros". Lo que sí pasa es que por ser un país más chico y recibir mucho de la cultura de Argentina, muchas veces lo que llega no son los mejores representantes de la cultura, lo que llega a través de la tele o incluso del turismo en Punta del Este. Uno se encuentra de todo, y se puede encontrar fácilmente con los estereotipos que no son los más representativos. Pero más allá de eso yo creo que no, que hay una mezcla ahí de prejuicios y afecto, pero conozco a mucha gente que después de Uruguay hincha por Argentina. Todos sabemos cómo son los prejuicios y es fácil, se arma rápido el prejuicio sobre el argentino, pero en el fondo uno sabe desmembrar esos prejuicios.

—¿Hay una grieta entre los actores por la política?

—No. Yo no me he cruzado con muchos macristas. Pero no es que todos pensamos igual, hay mucha discusión: tengo amigos que piensan bastante opuestos a como pienso yo y no se produce la grieta. Eso es más de los medios y los que replican los discursos de los medios. Pero cuando salís de esos discursos armados, no.

—Como actor, ¿en algún momento te trajo dolores de cabeza manifestarte políticamente?

—Siempre he sido cuidadoso porque además nunca me puse ninguna camiseta. Pero no, no lo he notado mucho. El otro día Verónica dijo algo en una nota: ahora la acusan porque hace los videos que se queja de cosas que regalan estos tipos. Si hacen cosas medio impresentables está bien poder reírse de eso. Entonces se la acusa de "kuka", y le digo: "Che, te tengo que hacer una nota donde diga que el kuka soy yo". Que eso no quiere decir que yo no tenga mis críticas y que no tenga mis reparos. Pero ella era anti K, discutíamos, siempre fue anti K, pero qué bueno que también pueda cuestionar al poder ahora.

—Las cosas no debieran ser blancas o negras: uno puede ser kirchnerista y hacerle críticas al kirchnerismo, y haber votado a Macri y poder criticar a este Gobierno también, porque si no estamos cooptados por algo que no permite analizar seriamente nada.

—Sí. Igual yo no me defino tampoco en ese sentido. Lo que sí debo decir es que soy anti macrista, eso sí. Pero eso no me hace kirchnerista ni frenteamplista, aunque sí voto al Frente Amplio en Uruguay. Pero sí, yo creo que si algo me define es el macrismo, más que lo que se opone a él. En nuestro equipo y en donde yo trabajo hay una constante discusión: no se trata de ponernos remeras sino de poder discutir, profundizar e impedir que se repliquen discursos que tienden más a idiotizarnos y nos impiden ver un poquito más allá de esos discursos repetidos. Ojalá que la cultura resista en estos tiempos y en cualquiera de sus formas, desde la invitación a la reflexión o a la diversión. El problema es cuando quedamos atados a esta cuestión de blanco o negro y perdemos el humor. Si perdemos el humor, estamos fritos.

—¿Te podés reír de vos mismo?

—Sí, sí, intento. Si pierdo esa posiblidad voy mal como actor, como director, como todo.

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