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Cuando la guerra mundial imprevista por Hitler llegó al país: el día en que tres argentinos subieron en secreto al buque alemán Graf Spee

El “Admiral Graf Spee”, con su bandera desplegada
El “Admiral Graf Spee”, con su bandera desplegada

El 11 de agosto de 1939, tras una larga jornada en el castillo de Fuschl, una finca cercana a Salzburgo, el canciller alemán Joachim von Ribbentrop y su par italiano Galeazzo Ciano fueron al refugio alpino de Adolf Hitler. Habían tenido dos días de conversaciones. En el primero, el yerno de Mussolini trató de explicar que por distintas razones Italia no estaba preparada para la guerra y que solo resistiría algunos meses ante un conflicto general. Y que el ataque a Polonia no quedaría localizado ni mucho menos en aquel país. Al día siguiente, cuenta el intérprete de Hitler, Paul Schmidt, Ciano fue recibido nuevamente por Hitler y éste afirmó con gran seguridad: “Estoy plenamente convencido de que ni Inglaterra ni Francia tomarán parte en una conflagración general…las democracias son inferiores a Alemania y no lucharán

Tras los encuentros, Paul Schmidt volvió a su residencia de descanso en Norderney, sobre el Mar del Norte. No pasó más de una semana cuando recibió otra importunada llamada telefónica comunicándole que lo pasaría a buscar un avión para llevarlo a Berlín. Nadie sabía la razón de tanto apuro. En su mesa de trabajo del Ministerio de Asuntos Exteriores encontró un sobre sellado. “Era una orden para ir en avión en compañía de Ribbentrop… a Moscú, donde tenía que actuar en las entrevistas con Stalin, no como intérprete, puesto que yo no hablo ruso, sino para ejercer mi segunda función, reteniendo en unos apuntes el curso de las negociaciones y los posibles acuerdos.”

El martes 22 de agosto la delegación alemana partió a Moscú a las nueve de la noche en un cuatrimotor Cóndor, FW 200. Mientras se encontraba en pleno vuelo y observaba la tranquilidad del espacio aéreo, Schmidt imaginó que “contrastaba de modo extraño con la tempestad que ya rugía entre bastidores y que, a ritmo acelerado, se iba cerniendo sobre Europa.”

En esas horas, Alemania y la Unión Soviética delimitaron las esferas de influencia en la Europa Central mientras sellaban un acuerdo secreto, firmado entre Ribbentropp y Viacheslav Molotov, en el que se repartían el territorio polaco. Al finalizar, Stalin brindó: “Yo sé bien como quiere el pueblo alemán a su Führer; ¡bebo a su salud!”.

Mientras Ribbentrop volaba a la Unión Soviética, en su Berghof Hitler explica y justifica con una serie de argumentos, a un centenar de altos oficiales, que había tomado la decisión de ocupar Polonia en primavera. Primero les informa que en esas horas se está cerrando un Pacto de No Agresión en Moscú. Luego dice: “Encontraré, para desencadenar esta guerra, una razón válida que la propaganda deberá explicar. Importa poco, por otra parte, que ésta razón sea o no plausible. El vencedor no debe rendirles cuentas al vencido. No tendremos que decir si hemos dicho o no la verdad. En tiempos de guerra, desde el principio como durante el curso de las operaciones, no es el derecho lo que importa, es la victoria…”. Por lo tanto, agrega, se debe “actuar de manera fulgurante. El fin es, lo repito, liquidar Polonia […] aniquilar sin piedad… aunque haya que desencadenar una guerra en el Oeste”.

Luego llegaron interminables jornadas, cargadas de mensajes y entrevistas entre Berlín, Roma, Londres y París. El 25, el embajador italiano Attolico llegó a la cancillería con una carta de Mussolini a Hitler: “Es para mí uno de los momentos más dolorosos de mi vida el tener que comunicarle que Italia no está preparada para la guerra”. La misiva, según Schmidt, produjo el efecto de una bomba.

Los cancilleres Ribbentrop y Molotov firman el Pacto de No Agresión”. Sonriente observa Stalin
Los cancilleres Ribbentrop y Molotov firman el Pacto de No Agresión”. Sonriente observa Stalin

“Durante los días siguientes (al pacto Ribbentrop-Molotov) –anotó el calificado testigo- se sucedieron los tratos verbales o escritos, sin pausa, con los embajadores en Berlín o los políticos en Londres, París y Roma. Era una especie de teleconferencia entre capitales europeas, para la que utilizaron el teléfono y el telégrafo”. Se volvía, además, a repetir la misma escena: se discutía sobre la soberanía de un país que no estaba representado en la mesa de negociaciones. El texto del traductor alemán refleja cierta tristeza al relatar las últimas horas de paz. “Me había dado cuenta –la medianoche del 30 al 31 de agosto- de la farsa que Hitler y Ribbentrop estaban representando”, porque simplemente escuchaba las entrevistas y las opiniones privadas de sus jefes cuando los negociadores extranjeros abandonaban la Cancillería.

En la noche del 31, Hitler ya había dado la orden de invadir Polonia a las 05,45 de la mañana del 1º de septiembre de 1939. El domingo 3 de septiembre de 1939, a las nueve de la mañana, el embajador británico Henderson entró al Ministerio de Asuntos Exteriores, sito en Wilhelmstrasse 76, y le entregó a Paul Schmidt el ultimátum británico anunciando el estado de guerra. Una vez recibido, lo llevó a la Cancillería, entró al amplio despacho de Hitler, que estaba acompañado por Ribbentrop, y lo tradujo en voz alta. Al finalizar, el Führer se quedó completamente inmóvil y silencioso. Tras unos segundos, le preguntó a su ministro: “¿Y ahora qué?”. El alto funcionario contestó: “Supongo que dentro de una hora los franceses me entregarán un ultimátum idéntico.” Detrás de Francia llegaron con el mismo objetivo los embajadores de Australia, Nueva Zelanda y Canadá. El 17 de septiembre la Unión Soviética se apoderó de su parte del territorio polaco. Más tarde invadiría Finlandia.

Como parte de la farsa que se urdía en la Cancillería, el Panzerschiff Admiral Graf Spee salió de la base Wilhemshaven a las 19 del 21 de agosto de 1939 con rumbo al Atlántico Sur. El capitán de navío (Kapitän zur See) Hans Langsdorff lleva un sobre con ordenes secretas. Casi al unísono el acorazado Deutschland sale rumbo al Atlántico Norte. También son ubicados en zonas de tráfico marítimo varios submarinos. Al estallar la guerra, Hitler ordenó a su Armada interceptar las líneas de abastecimiento de Gran Bretaña y Hans Langsdorff tenía como directiva principal ceñirse a las reglas de captura y evitar combate y moverse mucho dentro de su zona de acción. El 1º de septiembre, el mismo día que se invade Polonia y se está por entrar en guerra contra Gran Bretaña y Francia, el Graf Spee es visto en las islas Canarias al lado de su buque de abastecimiento Altmark.

El “Admiral Graf Spee” de frente.
El “Admiral Graf Spee” de frente.

Desde ese momento el Admiral Graf Spee actuó como buque corsario intentando cortar la línea de abastecimientos al Reino Unido de la Gran Bretaña. En esa tarea, la guerra que había comenzado en Europa y que Hitler preveía que los ingleses y franceses no iban a reaccionar llegó hasta América del Sur y las barrosas aguas del Río de la Plata iban a convertirse en campo de batalla –y cementerio—del Panzerschiff (acorazado de bolsillo) clase Deutschland.

El Admiral Graf Spee hundió con diferentes tácticas (entre otras disfrazando el navío) los barcos de bandera británica Newton Beach (5 de octubre se lo captura y el 7 se lo hunde), Ashlea (7 de octubre), Huntsman (10 de octubre se lo captura, el 17 se lo hunde), Trevanion (22 de octubre), África Shell (15 de noviembre), Doric Star (2 de diciembre), Tairoa (3 de diciembre) y Streonshall (7 de diciembre). En total 50.000 toneladas hundidas. Si se observa, fue la mitad del buque gemelo Admiral Scheer pero en ese tiempo su mayor virtud fue la de demandar -o distraer- que las flotas de Gran Bretaña y Francia organizaran diferentes equipos para localizarlo.

El 1º de septiembre, el mismo día que se invade Polonia y se está por entrar en guerra contra Gran Bretaña y Francia, el Graf Spee es visto en las islas Canarias al lado de su buque de abastecimiento Altmark

El miércoles 13 de diciembre de 1939, tras la batalla con tres navíos de guerra británicos, a las 22.50, el Admiral Graf Spee se refugió en el puerto de Montevideo. Gran parte de la tripulación se encontraba agotada. Al momento de atracar el panorama naval que se encontró Langsdorff no podía ser peor, se había metido en una ratonera. Sabía que los británicos no lo iban a perdonar y que le habrían de lanzar una fuerza renovada para hundirlo. Gran Bretaña necesitaba urgentemente un éxito que levantara su alicaído ánimo y ratificara la conducción de Winston Churchill al frente del Almirantazgo.

El jueves 14, casi al unísono, llegaron a Montevideo, desde Buenos Aires, los agregados navales “concurrentes” de Alemania y Gran Bretaña. Uno era el capitán Dietrich Niebuhr y el otro el capitán H. McCall. Los dos entraron en el juego de la guerra diplomática que había estallado en Montevideo. El embajador inglés Eugen Millington-Drake también tiene en cuenta a Michael Powell el jefe de la Inteligencia británica en el Río de la Plata, cuyos hombres entremezclados con los curiosos fotografiaban al Graf Spee desde las pequeñas embarcaciones y en tierra.

El miércoles 13 de diciembre de 1939, tras la batalla con tres navíos de guerra británicos, a las 22.50, el Admiral Graf Spee se refugió en el puerto de Montevideo. Gran parte de la tripulación se encontraba agotada. Al momento de atracar el panorama naval que se encontró Langsdorff no podía ser peor, se había metido en una ratonera

El viernes 15 de diciembre de 1939 una verdadera multitud acompañó a los féretros de los marinos alemanes al Cementerio del Norte. Los tripulantes del Graf Spee lucían sus uniformes de gala. En el momento de la despedida final todos realizaron el saludo nazi, aunque Langsdorff lo hizo a la manera clásica, se llevó la mano derecha hacia su gorra. Entre tanta gente, no pasaron inadvertidos los marinos de los barcos mercantes británicos con el capitán Dove a la cabeza.

Marinos alemanes bajan del acorazado sus muertos y heridos en Montevideo tras la batalla del Río de la Plata
Marinos alemanes bajan del acorazado sus muertos y heridos en Montevideo tras la batalla del Río de la Plata

El jueves 16 también llegaron a Montevideo tres oficiales de la Armada Argentina “en cumplimiento de la comisión reservada” que les había dado el Director de la Escuela de Guerra Naval, Capitán de Navío Héctor Vernengo Lima. Ellos eran los Capitanes de Fragata:

Juan María Carranza (5º puesto de la Promoción 40). Se retiró en 1949.

Oscar G. Ardiles (3º de la Promoción 45). Pasó a retiro en 1943.

Walter A. von Rentzell (Promoción 46). Más tarde fue Prefecto Naval; Director de Material Naval (1950) y llegó a vicealmirante. Se retiró el 24 de mayo de 1955. Era considerado un oficial “duro pero prestigioso”.

El imponente Graf Spee (David Muscroft/Shutterstock)
El imponente Graf Spee (David Muscroft/Shutterstock)

El primer día avistaron al buque alemán desde un remolcador atestado de gente y de “agentes” y al día siguiente subirían a la embarcación y harían un largo informe.

En esas mismas horas el capitán Oscar G. Ardiles de la Armada Argentina se puso en contacto con su amigo personal, el señor Dünhofer, gerente del Banco Alemán en Montevideo, “muy vinculado a la representación diplomática alemana” y luego de ser invitado a almorzar se comprometió a gestionar una visita al Graf Spee.

Ardiles informó: “Nuestra presencia en el cementerio fue notada por el Agregado Naval alemán en nuestro país, lo que permitió que el capitán von Rentzell se pusiera al habla con él por teléfono a fin de reforzar nuestra gestión de lograr una visita al buque”.

El informe de los tres capitanes de Fragata argentinos (Carranza, Ardiles y von Retzell) agrega que la solicitud fue aceptada “sin inconvenientes y con gran facilidad”. “A las 11.45 del sábado llegó al muelle el Comandante del Acorazado Alemán que estaba en tierra, acompañado por el embajador (Otto Langmann) y el Agregado Naval en nuestro país (capitán Dietrich Niebuhr) y con ellos nos embarcamos en la lancha del Comandante que nos trasladó a bordo. El Agregado Naval Alemán nos presentó al comandante (Langsdorff) como a tres capitanes argentinos amigos personales de él y en cuya discreción podían tener absoluta confianza”.

“Langsdorff habló detenidamente con nosotros, dirigiéndose al capitán von Rentzell en alemán, y dijo que el buque no tenía ninguna avería que afectara su poder combativo y que solamente requería las reparaciones necesarias para poder habilitar las cocinas, panadería, lanchas y orificios en el casco“, apuntaron.

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