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Cómo perder un debate presidencial

Alberto Fernández y Mauricio Macri (Adrián Escandar)
Alberto Fernández y Mauricio Macri (Adrián Escandar)

Se han realizado un sinnúmero de análisis en torno a la comunicación no verbal de los candidatos presidenciales ensayada el pasado domingo en ocasión de substanciarse el primer debate presidencial.

La totalidad de dichos análisis se focalizó en el a esta altura célebre dedo índice derecho del candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández. No se destacó en ningún momento la precisión de cirujano que mostró el triunfador de las PASO respecto de los tiempos del debate: cumplió con el cronómetro en tiempo y forma agradeciendo al televidente en casi la totalidad de las intervenciones. Marcó además el compás respecto de la incidencia de cada uno de los temas abordados por el conjunto de los candidatos. En términos técnicos, propios del análisis científico de la Comunicación No Verbal, manejó el sistema cronémico (las formas culturalmente establecidas de organizar el uso del tiempo) con maestría.

En el grisáceo, falto de todo tipo de pasión, aburrido y por momentos insoportable debate, la poca incidencia sanguínea observada la aportó quien obtuvo uno de cada dos votos en agosto. Justamente por eso se equivocó.

El lunes mismo, la producción del programa “Intratables” realizó una encuesta en su red social a los efectos de que los televidentes opinen sobre si les gustó o no el debate del domingo. Los números fueron categóricos: a dos de cada tres encuestados no les gustó el debate. Esos números son prácticamente idénticos a los que arrojara hace unos meses un estudio cuantitativo de la consultora Gustavo Córdoba & Asoc. respecto de la imagen negativa de los políticos. Por cierto, nada sorprendente.

Lo que nos importa destacar aquí es que más allá de los matices del lenguaje corporal de los políticos exponiendo ideas en un escenario, la ciudadanía juzga complementariamente su profesión, su ámbito de desenvolvimiento, su rol y sustancia. Los argentinos confiaron en las palabras de Macri cuando en 2015 prometió el fin del impuesto a las ganancias y la continuidad del Fútbol para Todos, por citar a ras de texto un par de promesas incumplidas. Lo que en blanco sobre negro se definen como mentiras.

Si Alberto Fernández gobernó estos años o dictó cátedra en la Facultad, a nadie le importa; forma parte de la clase política a la que siete de diez argentinos reputa de manera negativa. Si la seguridad de un más que factible triunfo el 27 de octubre próximo lo insufla de autoridad para realizar gestos deícticos autoritativos (el famoso y trillado “dedito acusador” que tantos destacaron), se equivoca de medio a medio, pues sobre su figura de presidente fáctico también recae el dedo acusador de ese 70% de argentinos.

La situación desesperante de la Argentina prima sobre los ejes del debate. Por eso, quien se muestre agresivo desde una posición de superioridad equivocará el próximo domingo la estrategia comunicacional.

Los debates ponen a prueba a los candidatos. Por ello -y más allá de las ideas verbalizadas-, la postura, el tono y timbre de voz, el atuendo y las expresiones faciales de emociones constituyen algunos de los pilares de su comunicación no verbal. Pero esos mismos candidatos nunca deben olvidar el clima cultural de la época, que los alemanes definen magistralmente como Zeitgeist. Si al momento de pararse frente a la cámara recuerdan esto, probablemente puedan desenvolverse de manera más eficiente, pues recordarán que siete de cada diez personas del otro lado tienen una opinión negativa de ellos.

El autor es politólogo especializado en Comunicación No Verbal (U. Austral) y docente de posgrado (UCA).

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