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Cómo Alan García engañó a toda una generación

Lo vi por primera vez hace muchos años. Fue el mejor orador de todos los de su generación. No hubo un presidente de su época que le atara los cordones de los zapatos ante su retórica majestuosa. Hablaba Alan García y aquello era demoledor, firme, grandilocuente, con voz encumbrada y giros del español clásico que parecían Verónicas en una bella tarde de toros. Tenía todo para ser el máximo líder del aprismo; es más, Víctor Raúl Haya de la Torre lo tenía como uno de sus delfines. Claro, poseía también ambiciones demenciales que jamás supo ocultar. Pero su discurso era el del César romano.

A poco de ser quien fue, luego de ser presidente electo, el maldito mesianismo, la vanidad y el narcisismo ya nunca más se alejaron de él. Esas patologías, tan comunes al hombre político, en Alan era acentuadas por la propia impronta de su existencia y el magnetismo innato que tenía como líder carismático. Aquello se iba fundiendo en algo que, en algún momento, se lo tragó. No lo eximo de responsabilidad, simplemente creo que su personaje atrapó al ser humano que vivía dentro de él. No es el único caso del político profesional que es succionado por el invento que produce y del que no puede nunca más huir de él.

Luego vendrían las persecuciones, el segundo mandato y la delirante idea de volver a ser figura estelar en un Perú al que ya no comprendía. Editó un libro de su autoría hace unos años, mediocre, básico, infantil, casi elemental y con él desnudó lo poco que era, en el fondo, como corredor de fondo. Siempre aparentó ser más de lo que era.

Nos engañó mucho tiempo a muchos de nosotros que lo supimos idolatrar cuando sentíamos su verba castigar al enemigo y su espada ideológica blandirla sobre los injustos que no comprendían sus lógicas justicieras. Porque hubo un Alan García iniciático que era un superhéroe de aquellos tiempos. No tengo mejor recuerdo que emparentarlo con un personaje de ese tenor. Oír sus discursos, quizás hoy suenen antiguos, sin embargo es una experiencia a la que me sometería con placer. No creo que nadie en este 2019 de América pueda improvisar un discurso con la potencia y la atracción como lo hacía Alan en los ochenta.

¿Fue un demócrata, un demagogo o un corrupto? Parece insólito pero tuvo momentos en los que fue todo eso, de manera gradual, de forma separada y sin demasiados escrúpulos. Claro, era hijo de un tiempo donde el empresario y el político profesional comían juntos, elaboraban sus planes de forma “armoniosa” y recién en estos últimos cinco años comprendimos que todo eso era ilegal, ilegítimo e inmoral, y que son bolsones distintos. Nos viene costando comprender esto, pero ya es hora de asumirlo de una vez por todas. El político no puede arreglar nada con empresarios: eso es conflicto de interés, enriquecimiento ilícito y utilización de información privilegiada, todos delitos de corrupción que ahora vemos claro, antes, o nos hacíamos los zonzos o era una corrupción cínica que todos ejercían y nadie asumía.

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En alguna oportunidad le sentí a Alan hablar de Maquiavelo, claro, no hablaba de El Príncipe sino de las buenas sugerencias que hacía quien tiene “poder” para así lograr que el pueblo no padezca sufrimientos innecesarios. Ya era tarde, Alan García creía que desde la teoría en medio de la posverdad podría reintroducirse en la conversación del futuro de Perú. Alan ya no comprendía a Perú y Perú ya no recordaba a Alan. Es más, hubo uno de sus últimos actos en los que la gente salió toda en dirección hacia lo de una competidora que le “robó” todo su público en poco menos de unos minutos. La escena era digna de una película de neorrealismo italiano: allí quedaba el líder desnudo, sin gente, sin saber qué decir y epilogando su existencia política con un final indecoroso.

Su final, ahora que lo veo, no me parece que fuera imposible de imaginar: como en la vida fue lo que quiso, conquistó lo que tuvo por conquistar, tuvo al Perú en sus pies (pero con cabeza de virrey), en su ocaso no podía ser menos y optó por cubrir de sangre su salida teatral de la existencia. Es cierto, con el diario del lunes es fácil afirmar lo que escribo, pero los que conocimos a Alan García sabíamos que por momentos volaba y su alienación lo habilitaba a los pensamientos más extremos, porque eso fue siempre: un extremista, un radical, un individuo de alta aceleración. Por eso terminar como terminó, la verdad, era una posibilidad que nunca se debió descartar.

El autor es abogado, escritor y analista político. Ex presidente de la Cámara de Diputados de Uruguay.

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