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Alberto Teisaire, el vice de Juan Domingo Perón que apoyó a la Revolución Libertadora: “Él no gobernaba, ordenaba”

La revista PBT anuncia la reelección de Alberto Teisaire como titular del Senado de la Nación
La revista PBT anuncia la reelección de Alberto Teisaire como titular del Senado de la Nación

“Como tenía que ser, por peronista probado, presidente del Senado, reeligieron a Teisaire”.

Así se refería la revista PBT del 9 de mayo de 1952 a la reelección de Alberto Teisaire como titular del Senado de la Nación.

Este “peronista probado”, marino de profesión, era un buen y leal compañero.

El personaje cobró notoriedad cuando, tras el golpe militar de junio de 1943 encarado por el GOU, la dupla Farrell-Perón lo nombró ministro de Marina.

Tres años después fundó la agrupación política Partido Independiente y la puso a las órdenes de Perón para las elecciones presidenciales de febrero de 1946. Gracias al triunfo del coronel él obtuvo una banca en el Senado de la Nación.

En abril de 1954 fue elegido vicepresidente en reemplazo del fallecido Hortensio Quijano. Lo trajo como secretario privado a uno que unos cuantos años después sería particularmente famoso: el periodista Bernardo Neustadt.

En tres oportunidades fue presidente la república (por ausencia de Perón) y simultáneamente presidente del Senado y del Partido Peronista Masculino. En esos tiempos la residencia presidencial estaba en un espléndido parque rodeado por las calles Agüero, Alvear (hoy Libertador) y Austria, en el barrio de La Recoleta.

En una de las ocasiones en que ejerció la presidencia provisional, el 13 de febrero de 1953 firmó un decreto que disponía el traslado de la residencia presidencial para levantar en su lugar un gigantesco –nunca concretado- monumento a Eva Perón.

A lo largo de su carrera de senador presentó diez proyectos de leyes sobre homenajes y otorgamientos de honores a Perón.

Por todo ello, nadie esperaba que hiciera lo que hizo: apenas asilado Perón, reveló públicamente todo cuanto sabía de las miserias de ese gobierno que acababa de caer. “Perón nos obligó a esto”, alegó en su declaración.

La cuestión es que hace 64 años un golpe militar terminaba con el gobierno de Perón.

Eduardo Lonardi
Eduardo Lonardi

Entre las voces que en los días posteriores se escucharon figuraban las de Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Ricardo Balbín, Arturo Frondizi y Cipriano Reyes. Pero la que conmocionó al país fue la declaración del contraalmirante Teisaire.

Nadie esperaba que justamente él pudiera haber sido capaz de semejante actitud.

Su testimonio público duró 12 minutos y, entre muchas otras cosas, reveló:

“La conducta de Perón como gobernante y su deslealtad para los que en él creyeron, su cobarde y vergonzosa deserción frente al adversario que lo hizo abandonar al gobierno y a sus colaboradores, me habilitan para la actitud que asumo.

Estimo que no tengo por qué guardar respeto ni consideraciones para quien no las tuvo con nadie, ni siquiera con el país, de cuyos destinos dispuso a su antojo.

Algunos se preguntarán cómo fue que viendo tanta podredumbre moral e infamia ya no acusase en su momento al responsable directo de ese estado de cosas.

Mi respuesta es que el sistema cerraba toda posibilidad de rebeldía, crítica o disentimiento a quienes no comulgaban incondicionalmente con sus ideas y sus planes.

Todo el que levantara su voz contra Perón era marcado como traidor o vende patria y perseguido en todos los terrenos, conjuntamente con su familia.

Disentir era quedar expuesto a la cárcel y a la persecución, que se extendía a amigos y familiares.

Disentir o rebelarse comprometía la libertad, el honor y los bienes propios y familiares.

Alberto Teisaire
Alberto Teisaire

Discrepar con Perón fuera del peronismo era peligroso y disentir con él dentro del partido o del gobierno era exponerse a todos los peligros imaginables.

Por eso muchos de los hombres que ocuparon posiciones prominentes en el régimen y después fueron arrojados por la borda sin explicaciones guardaron prudente y cauteloso silencio acerca de lo que les había sucedido.

Yo también podría haberme ausentado del país o asilarme en alguna embajada extranjera.

Me quedé para no seguir el desgraciado ejemplo de Perón, quien después de utilizarnos, engañarnos y entregarnos se fugó en un barco de guerra extranjero. Lo suyo fue una traición a sus partidarios, a sus compatriotas y al país.

Perón, que hizo derramar sangre de obreros, de soldados y de ciudadanos terminó huyendo en el momento más crítico y cuando todavía las cosas no estaban decididas.

Mientras los trabajadores daban “la vida por Perón” él tuvo miedo de dar su vida por los obreros, y huyó.

Abandonó al partido peronista que siempre le acompañó con lealtad y sacrificio. No fue leal ni se sacrificó por su partido, y también abandonó a las mujeres partidarias, que tanto creían en él aunque él nunca creyó en ellas.

Se asiló bajo bandera extranjera, hecho único en la historia nacional. Los dos únicos presidentes constitucionales derrocados por una revolución (Yrigoyen y Castillo) afrontaron la situación con entereza, asumiendo la responsabilidad de su magistratura frente a quienes encabezaron aquellas sediciones.

Sin embargo, Perón, que tantas manifestaciones de hombría, de coraje y de valor había hecho, tuvo miedo y huyó.

Bonito ejemplo nos dejó el “conductor”, el “líder”, el “libertador” que nosotros idealizamos y ensalzamos con un candor y buena fe realmente increíbles.

Digo todo esto con la esperanza de que no vuelva a haber en el futuro, en un pueblo sano y bien intencionado como el nuestro, ídolos tan falsos como Perón.

Frente a su deserción considero que hablar es para mí un deber inexcusable. Con esto no eludo ninguna responsabilidad ni busco atenuar las que me alcancen, pero tampoco eludiré manifestar la verdad, aunque esta verdad sea dura y amarga.

Para someter al pueblo, a las instituciones y a los hombres Perón creó un sistema calcado de los regímenes totalitarios, organizando un aparato de represión de alcances inauditos.

Fingiendo ideales democráticos construyó un sistema de dominación que no tiene antecedentes.

No compartió el poder con nadie, de modo que las responsabilidades de su gobierno son pura y exclusivamente suyas y de los que se prestaron por sumisión, ignorancia o complicidad, a fraudes o dolos administrativos de toda clase.

Nadie puede llamarse a equívocos, hay un solo responsable de todo: Perón. Uno sólo inspiraba y ordenaba: Perón. No consentía ni admitía a nadie que lo aconsejase o ayudase. Por lo tanto, a nadie puede culparse del desastre sino a él.

Mucha gente humilde y de buena fe creyó en su lealtad al pueblo, en su sinceridad, en su honradez. Es a esa gente que me dirijo para advertirles del error en que vivían, de la mentira en que creyeron y de la estafa de que han sido víctimas.

Muchos recién se dieron cuenta del engaño cuando se fugó del país cuando todavía estábamos en medio de la batalla defendiéndolo.

En cuanto a la crisis con la Iglesia, nació del despecho que le produjeron los éxitos de público en los actos estudiantiles de Córdoba frente al fracaso de los mitines de la UES, institución creada por él como instrumento político. Perón fabricó la conocida leyenda de la intromisión clerical en la política, y para ello inventó hechos imaginarios y pruebas que a la postre resultaron ser falsas.

Engañados, hicimos un acto en el Luna Park donde algunos oradores creyendo en su palabra y en sus afirmaciones censuramos la intromisión de la Iglesia en la política. Después supimos que todo había sido un fraude preparado por Perón.

Seguidamente intentó arrancar de las dos Cámaras una ley de expropiación de la Catedral, para lo cual le hizo presentar un proyecto al ministro Méndez San Martín.

Juan Domingo Perón junto a Alberto Teisaire
Juan Domingo Perón junto a Alberto Teisaire

Varios nos opusimos a ese proyecto y evitamos la consumación de otro atropello contra la Iglesia.

Igualmente, quiso eliminar al Partido Conservador y al Partido Socialista del panorama cívico argentino sólo porque no concurrieron a las elecciones de 1954.

En cuanto a la Alianza Libertadora Nacionalista, era una fuerza de choque para ejercer violencia no sólo contra adversarios sino también contra los propios partidarios.

Sobre la forma en que ejercía el poder, él manejaba absolutamente todo.

Nada de lo que su gobierno hizo o dejó de hacer se concretó sin su consentimiento.

Él no gobernaba, ordenaba.

Ya en los últimos tiempos de nuestro gobierno se dedicó más a los estudiantes de la UES, al deporte y a los artistas, y nadie se ocupaba de los asuntos de gobierno.

Nada se resolvía, todo se atrasaba y todo se dejaba para después porque nada podía hacerse sin su visto bueno.

Por otra parte, Perón carecía absolutamente de sentimientos. No tenía sentimientos ni para la madre, ni para la esposa, ni para el hermano, ni para nadie.

Cometió la más grande estafa a su pueblo porque lo estafó en sus sentimientos, en sus ilusiones y en su decoro.

Los obreros deben saber que las mejoras que obtuvieron fueron un derecho, no favores de Perón; fueron conquistas merecidas y legítimas de la clase trabajadora.

Otro tema: los permisos de importación y de exportación estaban exclusivamente en manos de estas tres personas: Jorge Antonio, Tricerri y Aymar.

Premiaban con permisos de exportación a gente ajena al comercio y la industria: actores o actrices, deportistas y paniaguados del ex presidente, quienes recibían dichas órdenes en pago o recompensa de elogios a su persona.

Cuando los acontecimientos lo cercaron y él sintió los impactos negativos de la opinión pública, conmovida por la quema de la bandera y de los templos, lanzó su penúltima farsa: ofrecer su renuncia tanto al partido como a la CGT.

Allí terminó de recibirse, definitivamente, de modelo de hipocresía y simulación.

Su decisión de renunciar precipitó mi renuncia y la de otros funcionarios y magistrados.

Creíamos que con ello le evitaríamos a la Argentina los trágicos días que se veían venir.

Renunciamos porque sinceramente creímos que Perón iba a hacer lo mismo.

Todos creímos en la sinceridad de su decisión de renunciar por el bien del país.

Pero apenas horas más tarde él pronunció la violenta arenga del 31 de agosto.

Los que estábamos ahí nos quedamos fríos cuando en lugar de hablar de renunciar dijo que debíamos matar cinco adversarios por cada uno de nosotros.

Los argentinos debemos extraer de la dura lección que acabamos de pasar la idea de mirar hacia adelante pero ya despojados de idolatrías de ninguna especie”.

Semejante sinceramiento no impidió que el ex vicepresidente Teisaire fuera juzgado y enviado a la Isla Martín García, donde permaneció hasta el año 1958. Quienes lo juzgaron también lo privaron de su grado y del uso de su uniforme.

Teisaire murió el 12 de septiembre de 1963, cuando ya nadie se acordaba de él.

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