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    Una kermesse, actores de Hollywood y velocidad: así se vivieron las 24 horas de Le Mans desde dentro

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    Son poco más de las dos de la mañana en una típica campiña francesa del pueblo La Sarthe, en el centro del país. La kermesse del pueblo vive su madrugada de mayor esplendor. Decenas de personas de toda Europa forman cola para participar de los dos juegos estrella: el primero consiste en golpear lo más fuerte posible una especie de bolsa de boxeo electrónica: el premio es un peluche. A pocos metros hay una barra horizontal en un precario armado de metal. La consigna es poder sostenerse colgado por dos minutos sin caerse. La gente cae y se ríe, parece un desafío fácil pero nadie lo puede terminar con éxito. A unas decenas de metros aparece una vuelta al mundo, que se mantiene en funcionamiento desde 1946, un brazo gigante electrónico que hace volar a la gente por el aire y desafía su resistencia a las náuseas y hasta un puesto de churros, que son vendidos sin azúcar añadido.

    Hay en el ambiente alegría, jolgorio, derroche de dinero, excesos y la madrugada acaba de empezar. Parece tratarse de la fiesta de un pueblo más de la Francia profunda, hundido en el centro de su geografía. Pero hay algo atípico en el aire y es nada menos que el sonido ambiente que acompaña la fiesta popular. Son zumbidos como si se tratara de aviones. Tampoco pueden asemejarse al ruido típico de los autos que transitan por la ruta que une a La Sarthe con las poblaciones más cercanas. La realidad demuestra finalmente que lo ocurrido en la carretera es precisamente el motivo principal de la reunión de semejante cantidad de gente. Desde hace poco más de diez horas, los autos más modernos que se puedan imaginar, llenos de publicidades, números y luces de led en sus ventanillas y terminaciones están participando de la 85° edición de las 24 horas de Le Mans, quizás la carrera más emblemática de la historia moderna del automovilismo.

    Se trata de un evento que excede al simple hecho de ver autos de carrera volar a más de 300km/h durante 24 horas ininterrumpidas. Sino que se trata de una reunión de masas procedentes de todo el mundo, de un símbolo social ya emblemático de la historia del deporte. No es casualidad que la propia National Geographic haya catalogado a la carrera de Le Mans como el evento N° 1 de la historia del deporte en cuanto a convocatoria de gente, aún por encima de los Juegos Olímpicos.

    Casas rodantes, aviones privados, banderas y aceleradores

    Están a punto de hacerse las 5 de la mañana. Faltan pocos días para que el verano aterrice en Europa, por lo que el sol ya empieza a asomarse. Michael y Helmut son dos alemanes de Duisburgo que llegaron el jueves a uno de los cinco campings que alberga el predio del circuito. Los muchachos, de poco más de 30 años, trajeron cerca de 15 mini barriles de cinco litros de cervezas germanas. Pagaron unos 80 euros la noche y se acaban de despertar para acercarse a una de las curvas del circuito. La carrera comenzó hace ya 14 horas, pero ellos reconocen haber presenciado, en total, menos de tres.

    "Las 24 horas de Le Mans no es sólo una carrera de autos. Para muchos de nosotros son unas vacaciones. Venimos, conocemos a gente de todas partes del mundo. Hacemos camping, comemos, bebemos, jugamos al fútbol y después, cuando nos agarran ganas nos acercamos a la pista a ver pasar los mejores autos del mundo. Si encuentras un mejor plan, dímelo", reflexionó Michael, mientras desplegaba su reposera y una manta con panes y quesos locales en el pasto, a unos 15 metros de la pista.

    Lo cierto es que el circuito de La Sarthe, donde se realiza la competición, responde a un trazado de nada menos que 13 kilómetros y llega a unir tres pueblos de Francia: el propio La Sarthe, Mulsanne y Arnage.

    El piloto británico Mike Conway encabeza la fila de autos a bordo de su Toyota TS050 Hybrid N°7, por delante de Sebastien Buemi y Neel Jani en el comienzo de la 85° edición de las 24 horas de Le Mans (AFP)

    Le Mans alberga cinco campings, dos de ellos especialmente diseñados para recibir casas rodantes, ocho hoteles, un aeropuerto con decenas de aviones privados en su interior y dos pistas de aterrizaje, dos helipuertos, un museo y decenas y decenas de locales comerciales que hacen del fin de semana de competencia su mayor oportunidad de negocio del año.

    El alemán Timo Bernhard cruza la línea de llegada en su Porsche 919 Hybrid N°2 para ganar la 85° edición de las 24 horas de Le Mans en Francia (AFP)

    En la edición de 2017, la carrera de Le Mans albergó a más de 60 autos competidores y nada menos que un total de 400 mil espectadores.

    Fanáticos del motor de todo el mundo acudieron para ser protagonistas del evento social del año en la zona y para ser testigos de la carrera considerada para muchos especialistas como la más compleja y la más peligrosa del automovilismo.

    24 horas de la carrera más difícil de todas

    Poco después de la finalización de la carrera, con una nueva victoria de la escudería Porsche, el equipo japonés Toyota Gazoo Racing, que de manera increíble todavía nunca pudo celebrar un título, publicó en su cuenta de Twitter: "Uno no elige ganar la carrera de Le Mans; ella te elige para ser ganada. Será la próxima vez".

    Es que en el aspecto deportivo, no sólo se trata de una prueba de resistencia física ni de conseguir diseñar el coche más veloz. Es un desafío a la capacidad de concentración, a las cualidades de manejo en condiciones de extrema dificultad durante un tiempo prolongado y a la perdurabilidad de vehículos, que están siendo exigidos al máximo durante todo un día.

    "No existe carrera más peligrosa que esta. En una competencia corta, uno acostumbra a pasar con suerte a cinco autos. Acá, y por la diferencia de categorías y de velocidad de los participantes, estás en riesgo constante. Un pequeño error o alguna desconcentración pueden tirar por la borda o hecho durante horas y poner en peligro la vida de los pilotos", analizó José María Pechito López, el 17° argentino que participó en la mítica competencia y quien el último fin de semana debutó en la carrera sin poder finalizarla.

    Es que el peligro forma parte del ADN de Le Mans. De hecho, lo protagonizado por el belga Jacky Ickx en 1969 sirve como el mejor retrato para definirlo: desde su primera edición, en 1923 hasta el 69, el inicio de la carrera registraba a los autos estacionados a un lado de la pista y los corredores de pie en el otro. Una vez que se daba la señal de largada, los conductores debían correr hacia sus vehículos, arrancar el coche y empezar a transitar el circuito. En muchísimos casos, no llegaban ni a ponerse a tiempo los cinturones de seguridad, lo que provocaría luego desenlaces fatales.

    (Getty)

    En ese mismo 1969, el belga Ickx decidió protagonizar el acto de protesta más emblemático de la historia del circuito: mientras sus rivales corrían, él lo hizo caminando de forma lenta, se puso el cinturón de seguridad con relajación y partió así en el último lugar. Inckx terminaría consagrándose campeón de esa carrera, mientras que el británico John Wolfe moriría a bordo de su Porsche 917, sin su cinturón de seguridad puesto. Desde entonces, cambió para siempre el comienzo de la misma.

    Desde los autos pesados y ruidosos de la década del 20 se pasó a los híbridos de la actualidad, que mezclan la potencia de un motor a base de combustible y otro eléctrico.

    Hoy participan de la misma carrera autos de tres categorías diferentes, cuyas diferencia de potencia y velocidad son abismales. Por eso, para los más rápidos consiste en un desafío constante de estar superando autos más débiles en tu camino.

    Jose María Lopez en su Toyota TS050 Hybrid N°9 durante las 24 horas de Le Mans (AFP)

    Hoy, Le Mans es la carrera más importante del llamado Mundial de Resistencia (World Endurance Championship), campeonato que contiene a las carreras de varias horas de duración. Cada auto es compartido por tres pilotos, quienes no pueden manejar más de un total de 12 horas y un período de cuatro horas ininterrumpidas.

    Con el sello de Hollywood

    Ya son casi las 10 de la mañana. Apenas faltan cinco horas para que finalmente el Porsche de los neocelandeses Brendon Hartley y Earl Bamber y del alemán Timo Bernhard se coronen campeones del circuito. La escena sucede en el paddock de las escuderías. Allí, está sentada Celine, una adolescente de 16 años. Celular en mano y un rostro que mezcla síntomas de cansancio y algo de expectativa. A ella no le interesan los autos, de hecho, las carreras le aburren. "El ruido es insoportable", dice.

    La que sí está cansada es su madre: "Pagamos los 90 euros solamente para que ella pueda sacarse una foto con su actor favorito. Creo que su padre y yo estamos más interesados en la carrera que ella".

    Celine está parada en la puerta del paddock de la escudería Dempsey Proton, donde el actor Patrick Dempsey, conocido por su papel en Grey's Anatomy, invirtió para tener su propio equipo.

    Patrick Dempsey

    La relación de Le Mans con Hollywood también tiene su propia historia. En el año 1971, el consagrado actor Steve McQueen convenció a uno de los grandes estudios de la industria de hacer una película sobre las 24 horas.

    En el film, el artista pidió no usar dobles. Él fue el protagonista de todas sus escenas de velocidad en el circuito. Ocho años más tarde, el mítico Paul Newman, conocido fanático de la velocidad, terminó segundo de la carrera de esa edición, a bordo de un Porsche 935.

    El cansancio, un dulce sabor de una experiencia irrepetible

    Ya son las 16 horas del domingo. Pasó un día entero. Ya se registró la cobertura periodística de más de 24 horas sin una de sueño en el medio.

    Desde estas tres de la tarde del sábado, donde comenzaron a girar los bólidos, hasta las 15 del domingo, donde se consagró Porsche hubo autos chocados, ruidos ensordecedores de turbinas, mecánicos durmiendo en las calles internas del circuito cual cirujas manchados de aceite, ingenieros lamentándose hasta las lágrimas, fanáticos alcoholizados que a duras penas se podían poner de pie, familias enteras en campings, partidos de fútbol al aire libre, empresarios volar en sus aviones privados, parejas con sus cenas románticas sobre el césped y al lado de la pista, conciertos musicales, comidas de diferentes nacionalidades, hombres disfrazados de conos blancos y naranjas, un arquero ex campeón del mundo como Fabien Barthez a bordo de un coche de competencia y hasta boliches de música electrónica. Todo por una carrera de autos, por vehículos que dieron más de 300 vueltas alrededor de una pista en un pueblo perdido dentro de la Francia profunda.

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