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    Lo peor de estar perpetuamente soltera

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    soltero telefono mujer hombreEncontrarte con las mismas personas una vez y otra y otra y otra y otra vez…

    Como mujer de 24 años soltera y residente en una gran ciudad, busco el amor de la misma forma que casi un tercio de la gente de mi edad: por internet.

    En los tres años que llevo viviendo y ligando aquí, habré visto miles de perfiles de personas solteras (y de parejas no monógamas) en Tinder, OKCupid, Bumble, Feeld, Happn, Hinge y similares, con la esperanza de encontrar a alguien decente con quien quedar con cierta frecuencia y establecer una relación monógama.

    He tenido más o menos éxito en mis aventurillas, llegando incluso a salir medio en serio con algunas personas, pero siempre acabo volviéndome a descargar Tinder en algún punto. Y mientras veo desfilar la interminable retahíla de gente soltera en busca de compañía, quizá lo más espeluznante y deshumanizador de todo (aparte de los mensajes machistas asquerosos) sea el ver siempre las mismas caras, una y otra vez, en distintas aplicaciones a medida que pasan los años. Este fenómeno sirve como sutil recordatorio de que seguimos solteros y tenemos ese aspecto en común, pese a que en el resto de cosas no coincidamos.

    “Es extremadamente deprimente que nos hayamos dado ‘match’ tantas veces”

    La primera persona que conocí en OKCupid estando en Nueva York fue una mujer llamada Sarah. Era camarera, una chica muy guapa y divertida. Congeniamos bastante y estuvimos saliendo un tiempo, pero cuando vi que era un poco complicado conciliar nuestros horarios y estilos de vida, me porté como una imbécil y un buen día dejé de responder a sus mensajes y llamadas. Más o menos cada dos meses la veo en aplicaciones de citas y todavía me siento mal. A veces chateamos. "¿En serio llevas el pelo tan corto, ahora?", me preguntó hace poco. "Sí. Hace bastante que no nos vemos", respondí.

    Hace poco, tuve un match por tercera o cuarta vez con un hombre al que había visto una vez y que hizo un comentario sobre mi "nuevo" tatuaje. "Antes no lo tenías", me dijo. Llevaba más de un año con él, pero por lo visto hacía más todavía que no nos veíamos. Esta semana, vi a una chica a la que conocí un domingo por la tarde mientras estaba con amigos en un bar después de mensajearnos brevemente por Bumble. Aquel día no hubo química y no volví a verla hasta la semana pasada, cuando su perfil me apareció en OKCupid, y el de Tinder ayer. También está esa chica a la que intenté dar esquinazo después de tres citas y que luego pilló un berrinche monumental, que hizo público en las redes. Casi me había olvidado de ella hasta que la volví a rechazar por tercera vez en Tinder el otro día.

    “Hola, soy yo, la misma que te has encontrado en todas las ‘apps’ de citas que existen”

    Algunos encontronazos por internet duelen más que otros. Hace poco vi a una chica que nunca llegó a responder a mi mensaje después de nuestra segunda cita, y eso que a mí me gustaba. Mi reacción al rechazo suele ser la de autoconvencerme de que han conocido a otra persona, alguien con quien tienen más afinidad. Volverla a ver en la aplicación fue un crudo recordatorio de que no es que hubiera conocido a otra persona, sino que yo no le gustaba.

    Pero quizá lo más descorazonador sean todos esos arquetipos que se entremezclan: cientos de estudiantes de Diseño Gráfico autodenominados "amantes del arte"; un inexplicablemente elevado número de hombres que aseguran trabajar para VICE y que ignoran sistemáticamente mis mensajes; tíos que trabajan en banca, creativos de publicidad y camareros que tienen un grupo de música; mujeres que llevan la estética sad gurl demasiado lejos y ponen en sus perfiles mensajes del estilo "Muerta por dentro pero cachonda", acompañados por fotos borrosas en las que exhiben su supuesta intelectualidad.

    Otra categoría superemocionante: personas que no dejan de hacerme saber que les gusto pero a las que nunca llego a conocer. "¿Te acuerdas de mí?" es un mensaje que envío con bastante frecuencia por Tinder. "Hemos hecho match tantas veces que creo que va siendo hora de que nos veamos en persona", le dije hace unas semanas a una chica en OKCupid. No me contestó, pese a que seguimos con el rollo del match. Una vez le pedí una cita a otra chica y esta fue su lacónica respuesta: "Hemos coincidido en esta aplicación un millón de veces y nunca me has dicho de quedar, así que no parece muy probable". Vale, captado. ¡Nos seguiremos viendo perpetuamente a través de alguna pantalla, las dos solteras!

    “¿Te acuerdas de la última vez que hicimos match? Los buenos tiempos”

    Y en mi fuero interno no puedo dejar de preguntarme por qué no cuajaron esas citas. En su libro Modern Romance, Aziz Ansari sugiere que se debe a que no nos damos las suficientes oportunidades unos a otros. "La mayoría no empieza relaciones sentimentales inmediatamente después de haberse formado una idea general de la otra persona", señala un estudio del Journal of Personality and Social Psychology citado por Aziz. En lugar de eso, lo hacemos de forma progresiva, cuando hay una chispa que transforma una relación informal o de amistad en algo más sexual y serio. De hecho, únicamente un 6 por ciento de los adolescentes en relaciones sentimentales afirman que empezaron con sus parejas poco después de conocerse.

    La infinidad de aplicaciones y la comodidad con la que ver perfiles no ayudan demasiado. Se ha hablado mucho de la McDonaldización de las citas, en las que se prima la rapidez y la eficiencia sobre todo lo demás. Aunque no considero que Tinder vaya a provocar una especie de apocalipsis romántico, sí que creo que deberíamos bajar el ritmo, darnos unos a otros más oportunidades de que surja esa chispa, dedicarnos más a los sentimientos del otro. Quizá uno de esos 1.000 perfiles que pasas de largo a diario pertenezca a la persona que haga que borres la aplicación.

    Publicado originalmente en Vice.com

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