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    “Les tuve que explicar a mis hijos que su mamá había quedado así: ni viva ni muerta”

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    Alejandra y sus hijos, tres días antes de que quedara en estado vegetativo.

    Era viernes: 3 de diciembre de 2010. Alejandra se puso una camisa rosada y tacos, eligió la ropa que iban a ponerse sus hijos y salieron de su departamento, en el barrio de Montserrat. Era la fiesta de egresados de séptimo grado de Mauricio, su hijo mayor, y cuando llegaron al salón un fotógrafo les tomó una foto. Faltaba una semana para que Alejandra cumpliera 38 años y nadie podía prever que esa iba a ser la última foto que iban a sacarse juntos.

    El lunes 6 de diciembre, tres días después de la fiesta, Alejandra tenía que internarse en la Clínica Bazterrica para que le sacaran un quiste en el ovario derecho mediante una cirugía laparoscópica. No había mucho de qué preocuparse: era sana, joven y el estudio pre-quirúrgico mostró que todo estaba bien. La cirugía estaba programada para las 14, así que Alejandra Valenzuela se internó al mediodía. Ingresó al quirófano a las 17. Dos horas después, exactamente a las 19.15, el cirujano, el ayudante y el anestesista le pidieron a los familiares que subieran al tercer piso.

    “El procedimiento quirúrgico salió bien pero hubo una complicación”, les dijo el cirujano, Alejandro Salvó. Lo que les explicaron fue que Alejandra había tenido una “bradicardia extrema” (los latidos habían bajado a 30 latidos por minuto, cuando la frecuencia cardíaca normal oscila entre 60 y 100 latidos por minuto). Les dijeron, así consta en la sentencia judicial, que habían tenido que reanimarla, que estaba en coma y que no sabían cómo iba a quedar neurológicamente.

    “Entró caminando y no salió más. Estuvo cuatro años y seis meses en estado vegetativo persistente”, cuenta Jorge Ramos, ex pareja de Alejandra y padre de sus hijos. De un día para el otro, literalmente, los chicos fueron a vivir con su papá. 

    “Fue terrible para ellos, casi cinco años de una agonía difícil de explicar. Su mamá estaba internada con los ojos abiertos mirando un punto fijo. Los doctores decían que ella escuchaba pero no podía expresarse. Mauricio, que tenía 12 años cuando pasó todo, la iba a ver, le contaba cómo le iba en el colegio, le tocaba la cara, la abrazaba

     

    . Nico tenía 10 años cuando pasó, iba a quinto grado. El fue solo una vez. La primera vez que vio a su mamá en coma se descompuso y no pudo ir nunca más. Yo soy su papá, a mi me tocó decirles la verdad, que su mamá estaba así, ni viva ni muerta, y que lo más factible era que no volviera, que permaneciera así hasta el final”, sigue Jorge.

     

    Elva Basualdo (57), la mamá de Alejandra, está tendiendo la ropa en su casa y tarda en atender. Llora antes de empezar a hablar: durante los 4 años y 6 meses en que su hija estuvo en estado vegetativo, era Elva quien llegaba al hospital de mañana y se iba de noche. “Era todo el tiempo pensar que se iba a poner bien, que me apretaba la mano porque estaba mejor, pero eran todos reflejos”, dice.

     

    Pero ¿qué había pasado? ¿por qué una cirugía menor había terminado así? Con la representación de la abogada Mariana Gallego, la familia inició un juicio por mala praxis contra el anestesista, contra OSDE (la prepaga que tenía por su trabajo de administrativa en una multinacional), y contra la clínica Bazterrica. Alejandra murió el 11 de junio de 2015, cuando el juicio ya estaba iniciado, y la semana pasada se dio a conocer la sentencia de primera instancia.

     

    La Justicia dio por probado que el cirujano Alejandro Salvó había trabajado correctamente. Pero también probó -por los dichos de quienes estuvieron en el quirófano- que el anestesiólogo, Miguel Brienza, no le había colocado el oxímetro (un aparato que mide de manera indirecta la saturación de oxígeno en la sangre) a la paciente.De haberlo hecho, la falta se oxígeno se podría haber detectado antes, lo que podría haber evitado que el daño fuera irreversible. El cirujano se dio cuenta de que le estaba faltando oxígeno cuando vio que estaba cianótica (tenía los labios azulados), algo que debería haber detectado el oxímetro.

     

    “Además, se probó con una pericia caligráfica que el anestesista adulteró la historia clínica para cubrirse”, explica Gallego. Brienza era, en ese entonces, coordinador de los anestesistas de la Clínica Bazterrica. La Justicia determinó que por su omisión no pudo detectar en el momento la disminución de oxígeno y que esa demora “habría   desencadenado   entonces   el   cuadro   neurológico”.

     

    La responsabilidad no se limitó al anestesiólogo sino a OSDE y a la clínica Bazterrica. De este modo la Justicia determinó que entre las tres partes deberán pagarle cerca de 12 millones de pesos (contando los intereses) que serán repartidos entre los hijos y los padres de Alejandra. Para eso tuvo en cuenta no sólo la incapacidad de Alejandra sino la incapacidad psíquica que sufrió toda su familia “por el duelo patológico” que debieron atravesar. Ahora se esperan las apelaciones. La Cámara, después, decidirá si la sentencia queda firme

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